martes, 18 de julio de 2017

Natural

Pasas una vez cada cien libros y te quedas para siempre. Al igual que tú, no puedo salir de tu piel. He bailado el ruido de cada uno de los pasos que diste para cruzar de tu autobús al mío. He tratado de escribir nuestros últimos abrazos en Cibeles para erigirlos memoria histórica, y he fallado. Me tiembla la yema de los dedos si comparto el suelo contigo demasiado tiempo, actúas sin saberlo borrando mis palabras, llenando de negro todas las hojas en blanco, relegando el pensamiento a un papel secundario, mudo, sepia. Me haces sentir. Una variedad tan exquisita de sabores de cuerpo y mente que terminas por ser gravitatoria. Perturbas el equilibrio, curvas el tiempo. Hay una mirada tuya que empedrece ejércitos, revuelve el mar, desata las sonrisas y libera aromas. Luego, yo puedo tomarme el mundo de otra manera, con hielo, sin azúcar. Cruzo los brazos por tu cuello, me pego a ti, te miro, sonrío, me preguntas que pasa, te beso.

martes, 4 de julio de 2017

Remache

»Solo un encuentro casual podría salvarnos» se dijo, «o escribir sobre algo no relacionado con la escritura». Podría desunirlos la metaescritura relámpago. Teoría de la literatura sobre algo ajeno a la literatura, automatización, rutinización de la felicidad y revelado en tinta. Alejarse de la retroalimentación barata, alejarse de alimentarse si cabe. No volver a pensar que la mejor manera de relajarse sería dormir la una entre los brazos del otro. No intentar mecanografiar la sensación de una media despedida, la necesidad desesperada de más. 
   A veces cuando paseo por la calle observo a la gente y me pregunto si la ropa que lleva es nueva o si se acaban de cortar el pelo. Busco el extrañamiento en sus rostros, la vacilación, el gesto que se traduce por grito ahogado de aspereza.
   Nos salvará la vida la forma narrativa. Nos la destruirá, de hecho. Por eso me declaro en huelga de escritura, de procesos cognitivos superiores, en huelga de ti. Quiero renunciar a los modismos, como quien renuncia a la barba, es algo que no se aprende, se nace con ello. Como no todos pueden, llegarán a viejos después de haber trastabillado por docenas de miles de pensamientos copia, de sentimientos baratos, de temporales momentos de lucidez que se tornan estupidez en treinta días. Centrarse en uno mismo (importante la noción de centro), construirse hacia dentro, buscar lo que uno busca, escucharse, quererse. Hacerse agujeritos aquí y allá en busca del crudo, perder el miedo, no agregarse a nadie, a nada.
   También resulta curioso pararse a mirar a la gente de la calle que espera a otra gente. Observar esa traza de ansiedad mezclada en el andar recursivo, presente en los vistazos al móvil, lubricante perfecto del giro de cuello primero a un lado y luego al otro.
   Y voilá, desenlace.