martes, 13 de junio de 2017

   El ser humano es bueno, bueno en producir alcohol etílico a raíz de cualquier tipo de sustancia, incluso de raíces. Dale el tiempo y el instrumental necesario y fermenta su propia mierda para conseguir algo que coloque. Así pasa que en pleno bosque no se aprecian las bayas de ginebra de la misma manera, por mucho que solo crezcan cerca de los 2.000 metros de altitud. Uno las huele extrañado, como si fueran un cáliz extraño.
   Ya no solo común, se antoja normal. La melopea es capaz de sentar la última palabra en cualquier tipo de materia, de dirimir lo indivisible, de juntar los cachitos de casi cualquier cosa rota. Te vuelve capaz de ver el lado positivo (que no bueno) en cualquier miseria. Al menos de apreciar un regustillo irónico en la desgracia, una potencia futura de lo malo para lo bueno. Pero vuelta a casa, alguien tendrá que escribir algo.
   Me reconcilio con las letras poco a poco, con miedo, como si apenas nos hubiésemos visto en seis meses pero nos conociéramos de largo. Como si nos quisiéramos con toda el alma pero no pudiéramos estar juntos, y en el fondo es casi así pero será que nuestras almas son cosa de poco, algo pequeñito. Antes discoteca hacía alusión a la colección de discos, a la carne de una discada, y ahora es un lugar a evitar, peligroso, de los de ir con la mochila por delante. Por evitar hoy evité la calle María Paz Unciti y el pequeño altarcito a Navajita, sin comprobar nuevas firmas o velas a medio quemar. Muerto allá por 2015, de nickname poco prometedor para la vida plena, cuenta todavía con acérrimos seguidores. A lo mejor la absurda fijación de pasar por delante viene porque en realidad soy yo el todo, muerto y altar, y me siento culpable si me alejo de las paredes donde pone bien grande que se me quiere. Valiente o cobarde, jamás sabré si tuvo la oportunidad de elegir entre el suicidio lento o el allegro. Ya no tiene que lidiar con nada, atrás las operaciones dialécticas, las disyuntivas, los trayectos óptimos para ir A o venir Desde.
    Y en la alternativa ramal de calle más lógica, a pie de bar, una rayuela. Sin tierra ni cielo, realista y dura como ella sola, a pie de bar, insisto, despoblada, arrancada de niños, pisoteada y malograda. Y la cabeza rauda a pensar en figuras, destinos, huniones... y al llegar té de tilo, Talita, té de tilo, Atalía.



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