martes, 27 de junio de 2017

Eterno principio

Quiero escribir un texto que mañana cambie de forma. Quiero escribir un texto lleno de verdades que se reconviertan en otras verdades antes de pasar por mentiras. Quiero escribir el texto que me acompañe para siempre. Quiero escribir un texto para destinatarios permeables. Quiero escribir un texto que se lea desde el pasado y no tiempo después de escrito. Quiero declararle la guerra a la palabra. Quiero hacer una huelga vocal para callarme a mí mismo qué decisiones debí tomar y cuáles no. Quiero destruirlo todo a la vez que no hago ningún cambio. Quiero renunciar al verbo y vivir antes, quiero vivir en el principio y no después. Quiero que mis significados sean trascendentales. Quiero reivindicar las taquicardias. Quiero ser único. Quiero vivir de pena y morir de alegría. Quiero pensar en formas de comunicación que no existan. Quiero alimentar la llama y quemar algo feo sin esperar cenizas bellas. Quiero escribir un texto que se salve. Quiero escribir un texto que se adapte al todo y a la nada. Quiero escribir un texto que me abrace por la noche y duerma conmigo. Quiero escribir algo que para ti sea puro éxtasis neuronal. Quiero escribir una conversación. Quiero escribir algo que no tenga que morir para haber sido. Quiero escribir millones de notas y grabarlas en mis ojos, por si alguien quiere leérmelos. Quiero escribir la muerte hasta la muerte misma. Quiero escribir un texto que se escriba a sí mismo. No quiero ningún final.

jueves, 22 de junio de 2017

Vainilla

Otras veces no soy capaz de seguir si no te lo cuento. O si no lo escribo. En definitiva dejar de fijarse en los conductores de metro, no desear que los trenes vuelen, y pasar a ser el conductor. Empezar a vivir el mundo como es, en sus ojos. Solo ellos atraviesan los túneles, el resto somos televidentes, espectadores en unas u otras pantallas de diferentes colores, formas y ciudades. Siento que estoy un poco más cerca, que esto y pelar almendras a golpe de martillo es casi lo mismo.

lunes, 19 de junio de 2017

Le pasaba con la alegría lo mismo que con la tristeza y no quería regodearse en ella. Dejarse cruzar por la emoción como cauce pero no embalsar el flujo, tampoco filtrarlo o engrosarlo.

martes, 13 de junio de 2017

   El ser humano es bueno, bueno en producir alcohol etílico a raíz de cualquier tipo de sustancia, incluso de raíces. Dale el tiempo y el instrumental necesario y fermenta su propia mierda para conseguir algo que coloque. Así pasa que en pleno bosque no se aprecian las bayas de ginebra de la misma manera, por mucho que solo crezcan cerca de los 2.000 metros de altitud. Uno las huele extrañado, como si fueran un cáliz extraño.
   Ya no solo común, se antoja normal. La melopea es capaz de sentar la última palabra en cualquier tipo de materia, de dirimir lo indivisible, de juntar los cachitos de casi cualquier cosa rota. Te vuelve capaz de ver el lado positivo (que no bueno) en cualquier miseria. Al menos de apreciar un regustillo irónico en la desgracia, una potencia futura de lo malo para lo bueno. Pero vuelta a casa, alguien tendrá que escribir algo.
   Me reconcilio con las letras poco a poco, con miedo, como si apenas nos hubiésemos visto en seis meses pero nos conociéramos de largo. Como si nos quisiéramos con toda el alma pero no pudiéramos estar juntos, y en el fondo es casi así pero será que nuestras almas son cosa de poco, algo pequeñito. Antes discoteca hacía alusión a la colección de discos, a la carne de una discada, y ahora es un lugar a evitar, peligroso, de los de ir con la mochila por delante. Por evitar hoy evité la calle María Paz Unciti y el pequeño altarcito a Navajita, sin comprobar nuevas firmas o velas a medio quemar. Muerto allá por 2015, de nickname poco prometedor para la vida plena, cuenta todavía con acérrimos seguidores. A lo mejor la absurda fijación de pasar por delante viene porque en realidad soy yo el todo, muerto y altar, y me siento culpable si me alejo de las paredes donde pone bien grande que se me quiere. Valiente o cobarde, jamás sabré si tuvo la oportunidad de elegir entre el suicidio lento o el allegro. Ya no tiene que lidiar con nada, atrás las operaciones dialécticas, las disyuntivas, los trayectos óptimos para ir A o venir Desde.
    Y en la alternativa ramal de calle más lógica, a pie de bar, una rayuela. Sin tierra ni cielo, realista y dura como ella sola, a pie de bar, insisto, despoblada, arrancada de niños, pisoteada y malograda. Y la cabeza rauda a pensar en figuras, destinos, huniones... y al llegar té de tilo, Talita, té de tilo, Atalía.



jueves, 8 de junio de 2017

Irrelevante

Tengo un acúfeno desde bien entrada la tarde y ustedes no sabrán, pero yo les explico. Simplificando, porque no me acuerdo de toda la escuela neurocientífica, es un ruido inexistente que se percibe en un oído, como un pitido o zumbido que no tiene origen externo sino interno. A groso modo es causado por un desajuste químico en los neurotransmisores del sistema auditivo, creo recordar que por sobreproducción de glutamato. Ya ven que cosa, experiencia supersensorial de primer orden, más vulgar y barata imposible, lograda con facilidad tras una noche en Moondance o La Nuit. El revés está en no haber salido de casa en todo el día hasta ahora, salvo para el aprovisionamiento cotidiano de vegetales en la tarde, absurda manera de contagiarse el acúfeno. Ahora salir, a las 2 am, sin rumbo fijo. Paseo por Las Tetas, ¿a estas horas, solo?, a mí no me extraña, francamente me extraña poco de mí. Si eso que me den más miedo unas tetas reales en mi cama que pasear por esta oscuridad rodeado de extraños, pero esa es mi ansiedad, ya saben, yo le doy la forma que quiero.
   Hoy pasa algo raro en Madrid, o no, pero tengo sensación de extrañamiento. Como cuando llegas a una ciudad nueva a instalarte o veraneas en algún apartamento random, bien alto. Ese murmullo de vehículos y carretera que acaricia tus oídos y sube por tu nuca, poniéndote a veces el vello de punta. Me pasa aquí, sinsentido, quizá sea porque en estas calles poco se ha escuchado el A Love Supreme o porque rara vez me encuentro una rata enorme y canosa persiguiendo una cucaracha, joder qué susto. Aceptaré esta vez que tengo algo de kafkiano y nota mental, leer La Met... Pero lo que en realidad ocurre es que estoy contando los días para irme, tal como contaba los días para venir. Cinco años entre dos cuentas atrás que aparcelan el período más importante de mi vida, dos cuentas atrás como corchetes, como paréntesis, como guiones de un infinito -imposible- flujo del pensar y del escribir. Prado, qué dirías tú de esto. Me imagino algo como «tranquilo, deja de querer acelerar los días. Ahí fuera existe alguien, llegará, no te pongas nervioso» y toda tu parafernalia, y todavía te creo porque tuviste razón y en un lustro tengo clavada esa conversación, y cuando te dije que no me gustaban las estrellas (ya sí) y me soltaste algo así como las 1001 razones para amar a las estrellas. Sí, me das fuerza, sin saberlo.
  Donde es fuera ahora. A donde tengo que volar esta vez. Destino nacional, supongo, por algo se empieza. La vista bien fija y el objetivo claro, el infinito, el triángulo, horizonte horizontal o vertical si estás tumbado. Seguir obviando lo temporal y acumular canciones, poesías, pensamientos y no fotos, casi nunca fotos. Acometer la traición suprema, seguir rebelde, seguir furioso, conmigo, contigo, con todos y con todo. Antitodo como antídoto, en vena. Sí, porque en el borreguismo jamás encontraré respuestas. Escalarme por dentro, clavarme los crampones y arrasar con todo hasta subir, seguir subiendo, nunca dejar de subir, de reír, de llorar. Cuestionar cada grupo, cada opinión, armarme de autocrítica y sentido del humor, preguntarme qué me falta y lanzarme de cabeza a por ello, a lo mariposa, en agua o aire. Vivir cada persona como si fuera la última. Porque podría serla. Como estos mis últimos momentos contigo, Madrid, ¿Madrid?

martes, 6 de junio de 2017

L

Se trataba, pues, de un elefante. O acaso no lo era, porque lo único que estaba claro es que cuestionaba su propia elefantidad, creando así el hemiciclo del elefante y el del posible no elefante, que llegaban a hacer el amor y a parecer un todo circunferencial Este doblepiensa, además, se veía acrecentado cuando el elefante hacía cosas con su trompa que resultaban, a priori, poco usuales para el resto de la manada, cosas que solían atribuirse al género de las elefantas. Y la dichosa manada, ya saben, tiende a tildar de raro lo poco frecuente y, lo raro es, cuanto menos, peligroso.
            Se trataba, quizá, de un elefante. Con todo se consideraba agente de su propia contradicción y sufrimiento, y podía alegar en su defensa que ser contradictorio sufridor era demasiado calificativo como para ser objeto en sí mismo. Esas tan solo eran sus ropas. aquellas que se echaba por encima como barro los días de calor y se sacaba como si fueran moscas los días de calor en los que no estaba solo. Esto es de notoria curiosidad: este quizá elefante gustaba de relacionarse con otros elefantitos y elefantitas (sobre todo esto último) a los cuáles identificaba sin mayor dificultad como elefantes. Se admiraba de la posibilidad de no ser un elefante sino para el resto de estos paquidermos, a lo mejor la elefantidad no era sino algo externo, juicioso, decidido por una suerte de deus ex machina interno del resto de quizá elefantes y elefantas ajenos al posible elefante objeto de análisis.
            Intuía una cosa y solo una. Si en algún momento dejaba de tener dudas sobre si se trataba o no de un elefante pardusco, con un cuerno resquebrajado y unas enormes y costrosas patas, automáticamente se convertiría en un elefante. Esto le venía así de la sensación propiciada por los elefantes más elefantes de todos, cuya conducta parecía anoética e instintiva hasta tal punto que desprendía una suerte de felicidad consagrada. El no pensar equivalía a integridad, a alegría, a completo acomodo vital. Pero el elefante sobreestimaba la cantidad de seres que realmente jugaban con este modus vivendi. En sus estados más alejados de la lucidez, pensaba con una suerte de voz ancestral que en realidad casi todos los elefantes tenían taras, pero que tan solo era capaz de interceptar cierto umbral de imperfecciones. No tenía más que mirarse a sí mismo y admirar como a pesar de pasarse el día desnudo en la charca, sumido en este y otros monólogos dialógicos internos, nada indicaba que la manada tuviera la mínima conciencia de sus dudas, de sus defectos lógicos.