jueves, 25 de mayo de 2017

Sordina

A veces despierto y pareciera que la vida es eso, recortar el cuello de una vieja camiseta por el puro placer de romper costuras, vestirme de trapos y andarme al corral a romper almendrucos. Poner 94.5 en el dial y llenar tarros y tarros de cristal de almendras, haciendo una necesaria pausa cuando el café entra en comunión con la crema de orujo, o cuando la cerveza... para la cerveza no hay ninguna sintomatología que justificar, se toma en cualquier punto y ya está. Ir a ver, no solo a ver, es decir, ir a vivir a mi abuela y preguntarle por sus males y sus bienes y hacerle hablar de su padre que participó de la catedral de Sigüenza y tirar del hilo hasta mi difunto abuelo y como la casualidad quiso que tuvieran simiente y que naciéramos en La Mancha y no en Levante. O a mis tíos-padrinos expertos sin quererlo en cine, en alegrías, en interrogatorios de buena fe, en presencia permanente. Luego vamos a las afueras y Raúl y yo jaleamos patinando a toda la camada de perros para que corran, para que se cansen, para que sean tranquilos y felices ajenos a todo el absurdo que impera en cualquier parte menos en los corrales. Una vida entera escondiéndome de las estrellas pudiendo aceptar de antemano que yo no tengo por qué salir a mirarlas, que son ellas las que vienen aquí cada ocaso de visita, quizá a pegarse las buenas risas o calmarse con el absoluto que reina cuando todos duermen. Ahora quiero a las estrellas pero otra veces...

miércoles, 24 de mayo de 2017

Sigue

   Me encantan esas manos que te guían, que no hacen otra cosa que aferrar la tuya y desplazarla, en una instrucción cariñosa, hacia lugares remotos y cercanos, en un acompañamiento forzado, sorpresivo. Me encantan esas manos sedientas de enseñar en que lugar hay que cavar para buscar tesoros, esas manos maestras de cierto orden, legado del lenguaje corporal más tierno y divertido. Hay manos que guardan recelosas la velocidad espasmódica del hacer, que anonadan a cualquiera cuando transmiten un imperativo categórico del número exacto de jugadores que quieren en la piel. Esas manos aliadas de puntuales brotes de egoísmo, íntimo y único posible vínculo entre el reconocimiento absoluto de dos personas, esos amarres de dulzura que te muerden. Son en último término el mayor exponente de pereza, pues solo buscan descansar y que trabajen otras manos, que trabajen, que trabajen... otras manos.

jueves, 18 de mayo de 2017

Bebop

No tiene por qué haber más letras, pero si un delirio no deja de crecer, me podría pasar escribiendo hasta el fin de los tiempos. Madrid es una ciudad muy puta cuando vuelves a casa en la soledad de la madrugada. El Puente de Segovia es una pantomima de caricatura, y el irrisorio cauce del Manzanares desacredita las tendencias suicidas de cualquiera. Imagínate chapoteando en ese lodazal que pretende ser un río luchando por ahogarte. La ruta que asciende hasta Príncipe Pío es tan fresca como siempre, y ante la invasión táctil de temperatura me permito recrear mis oídos con las bandas sonoras de vidas distantes. Voy borracho, voy bastante borracho. La absenta siempre fue una respuesta rápida a cualquier tipo de pregunta y un obstáculo formidable para el pensamiento.
   Luego ocurre lo contrario. La propiocepción puede ser agudizada por ese río verde, y casi sin quererlo viajas a otros universos. Las estaciones y las calles del pasado se mapean en tu cabeza con vida propia. Algunos rostros desfilan difuminados en tu marcha hacia Plaza España mientras navegas en tu sendero interno. Has perdido cualquier nexo con la realidad más allá del reconocimiento que tienes de la tristeza pintada en tu cara, en tus ojos. Atraviesas un primer beso y unas primeras citas en Madrid rumbo al pleno centro mientras el mareo termina de humillar a tus capacidades cinestésicas. Entre ojalás, cambios y decisiones no tomadas, discurres sinuoso al corazón de la ciudad y la única disyuntiva real es la del medio motorizado en el que dejarse mecer hasta llegar a Suburbia.
   Cena, aperitivo, desayuno. Aporte calórico de última hora para que el verde no tome por completo tu cabeza. Metro, verjas abiertas. Sabes que es demasiado pronto y decides entrar. Una vez entraste por la misma puerta en una situación parecida, pero acompañado de una mano ahora esquiva. Sonríes, o lloras, a efectos prácticos da igual. Estás en el circo. En el tío vivo de personajes grotescos de la noche capital. Te ases al lugar que te corresponde, tu barra favorita. Giras y giras en círculos, subes el volumen de tu banda sonora, no puedes volver a dormir. Si te duermes a veces te quitan pedacitos de ti mismo, bien lo sabes. Vuelas hasta la periferia, te despides de Nix, aparece tu almohada, te duermes, te quitan todo lo que tienes, sueñas.

Cool

Tal como lo cuento. Volvía yo a casa viniendo desde qué sé yo, La Pradera u Olavide a inferir por las fechas, devorado poco antes por las puertas del vagón de un viejo tren de la línea 1. Inmerso en los pulsos de cualquier cuatro por cuatro, bien fuerte, no vaya a ser que por error termine por escuchar lo que estoy pensando. Bip, y próxima parada: Atocha, y con una exactitud de colegio el mundo gira lo justo para que los andenes de Atocha se dibujen en las ventanas del metro, y la velocidad va decreciendo, lentamente, al compás del sonido de las revoluciones que caen y el frenado amortiguado y por fin nos detenemos. Levanto la mirada del suelo, estoy de pie, en el centro, no hubo suerte esta vez en la caza de asientos. Se abre la puerta que me queda en frente y cruza el umbral un pastor alemán (el perro) cabizbajo, serio, viejo y descolorido como él solo, con una correa y un amarre seguidos de las manos de un hombre evidentemente invidente. Me echo para atrás en un acto reflejo de conservación de la sustancia o de bondad para con el prójimo, el señor se aproxima precedido de su perro y se ase encomiablemente de la barra del techo. Al poco me pregunta si la próxima parada es Menéndez Pelayo y de alguna forma sus frecuencias se superditan a las de mis cascos y le escucho y soy capaz de contestarle que sí. Y todo podría haber acabado aquí, tan solo con la sensación de tímido respeto que guardo por los ciegos, pero no.
   Como la máquina de movimiento perpetuo que es el metro, se repiten los acontecimientos en la siguiente estación: progresivo enlentecimiento del tren, generación espontánea de los andenes y, para mi sorpresa, nueva apertura de puertas seguida de la entrada en mi vagón de un bastón extensible sujetado por vía de una persona que no veía. El nuevo ciego casi se choca con el anterior, pero armoniosamente lo esquiva con lo que supongo una suerte de percepción extrasensorial o comunicación telepática entre víctimas de la misma dolencia y se coloca detrás de él. El extrañamiento del vagón se generaliza mientras dos niños juegan con el perro del primer ciego y comienzan a hacer preguntas que incomodan a su madre. "Y esta cosa del perrito para qué es" y "¡Quiten las manos de encima, quietecitos hasta llegar a casa!" o cosas por el estilo. Las facciones de los invidentes reflejan una calma total, una abstracción casi mística, como si se movieran en su propio plano de la realidad, pero sin el como si.
   Casi sin quererlo recuerdo otra pareja de ciegos bien distinta, más... premeditada. Esta incómoda comedia trae a mi mente la entrañable pareja de ancianos ciegos de Ríos Rosas, que paseaban siempre felices sin poder ver que yo les veía. Tirando del hilo de las agrupaciones absurdas recuerdo a la mujer que paseaba cinco cachorros de carlino a la vez en el mismo barrio, y me pregunto que habrá sido de ellos. Probablemente todo o gran parte siga igual, al fin y al cabo no es el mundo el que gira tan deprisa sino yo. Hipotetizo que seré la única persona del universo en haber percibido la figura dibujada por la pareja de ciegos que jamás se han encontrado, los ciegos deliberadamente constituidos en pareja y la jauría de carlinos bebé. Sigo terriblemente orientado a las personas. Prefiero proyectar vidas, historias, compañías, antes que diseñar proyectos académicos, laborales... todo eso me sobra, envilece lo que yo considero natural. Nada importa si está todo el que te aporta que diría Laura, ¿se referirá a una sensación parecida? Anoto mentalmente que tengo que preguntarle.
   Mi minoría es un sonoro fracaso. La gente se muere o peor, cambia. Y yo ando sediento de conversaciones, besos y risas, la absoluta comprehensión. Poco a poco, aumentando la marcha como el tren, voy dejando atrás estos mares hipotéticos y emerjo en la bohemia de rostros anodinos, pantallas felices, carreras, empleos, planes de jubilación y demás formas de suicidios a largo plazo. La gente tiene un miedo terrible a sentir. Por eso nadie se da la vuelta tras un cruce de miradas y mis ojos siempre se estrellan en aburridas nucas, breve sinopsis de mi vida. Pero ya falta poco, un cupo de acelerones y frenazos más y estoy en mi cama haciendo poesía o música y entonces quizá haya merecido la pena sentir durante un rato. Algún día el metro saldrá disparado por la boca, con alas, y estoy deseoso de llegar al cielo y seguir haciendo poesía y música y cruzar un abrazo después de cada mirada y decirte cada noche que también quiero escuchar tus chorradas. Merecerá la pena, tiene que merecerla, y como siempre me ocurre cuando duermo poco, me precipito al acabar las cosas.

martes, 16 de mayo de 2017

Monstruo

Te creo, no existes.
Insisto en tu cabeza y te reflejo desproporcionada
en la de estos extraños.

Te descompongo como flor del mal en recuerdos
y te reconstruyo cadavérica a tu imagen y semejanza.

Como Víctor,
te desato en esta sala
y después de devorar las felices facciones de mi cara
te restituyes con vida propia.

Como Fausto,
te veo tan bella como el mismo instante detenido
y paso el resto de mi día intentando encontrar un Mefistófeles
que quiera jugar conmigo a hacer la vida.

Ahora todos te conocen.

Tienes un sabor amargo en los rostros secos
de la gente que te escucha y que no puede llorar
porque otro monstruo ya se ha bebido sus lágrimas.

Tienes el poder del rumor,
la resistencia de las cosas que no existen,
la trascendencia de aquello que muere antes de tiempo.

Y con todo, eres débil.
Un mustio miembro del corpus de los poemas desmerecidos.
La tercera réplica de una caricia en mi epicentro.

Y con todo,
yo soy tu república, tu creador
y te proceso tanto amor que ante tu ausencia
solo puedo sentir una cosa:

miedo.


miércoles, 10 de mayo de 2017

Clavel

Qué te diferenciaría de los demás si hoy te escribo. Eres mucho más que una carta. Mucho más que una amiga. Mucho más que unos poemas o unos textos. Para ti apenas tengo letras, tan solo las de la palabra sonrisa, y la "s" está repetida. Podríamos contar nuestras fotos con los dedos de una mano. Te pareces a la música, porque quizá al final seas la única que pueda salvarme... ¿Recuerdas? Pero al final no eres nada de todo eso. Eres intrascendente, la sensación que puedo encontrar en mí en cualquier momento. Tan frágil, tan pequeña y tan importante como el latido del corazón. Estás más allá de la tierra y el cielo, y así debe seguir siendo.
   Eres tan perfecta dejando entrever tus defectos que me maravilla cuando te basta mi palabra o mi compañía para resolver la vida. Hoy no quiero darte la primera, ni puedo darte la segunda. Solo tengo gratitud para ti, la mayor cantidad que pueda regalarse a otra persona. Por ser perenne. Por tener siempre los brazos abiertos para dejarme entrar y los pies dispuestos a caminar cuando quieres venir conmigo.
   Quiero que el tiempo siga sin pasar por nuestra puerta para que no la desplace ni un milímetro, para que no la abra, para que no la cierre. Te quiero para siempre aunque no siempre te quiera.

martes, 9 de mayo de 2017

Un creador de historias no es más que alguien que se rebela ante el hecho de no poder crear la suya propia.

jueves, 4 de mayo de 2017

Facto

Eres un mar negro mojado para siempre en la palma de mi mano
Te busco en cada sitio público porque quiero casualizar una cita con tu mirada
Que caigan fuera todas las gotas de tiempo que no he pasado contigo, que no entren
Está por descubrirse la cura de tu intermitencia 

miércoles, 3 de mayo de 2017

Treses

Te desespera el tiempo, siempre lo ha hecho. Tiempo para viajar, tiempo para estar fuera de casa, tiempo para estar dentro. Tiempo para hacer las cosas bien, tiempo para hacer las cosas mal y rápido, mal tiempo.
   Entrar a la cama con ansiedad y salir con palpitaciones, beberse el ruido de la calle y salir a tomar el café, engañar al amor con el sol y sentirse realizado con el puro placer que proporciona el viento. Algo seguro es el abrigo en la mochila por si hay que retirarse con el frío que censura los cismas de tu dentadura, manchada por la levadura de una cebada barata ingerida en cualquier terraza, de la mano de un quién-sea. A los pies de tu cama zapatillas que a diferencia de ti son pacientes, mientras pacientes como tú toman las pastillas para evitar las pesadillas que produce el tiempo. Y en tu calculadora personal, siempre activa la conversión del paso del tiempo a tu moneda favorita. Por el amor de Dios sal, ve a trabajar o estudia, desplaza el arte de tu mesita para colocar un estupendo reloj despertador de oro que te grite cada mañana como si fuera aquella persona que de menos tanto echas. Balancéate en la barra del metro y haz la tirolina con el cable de tus auriculares para al menos tener la seguridad de ser un perfecto payaso en público. 
   Píntate. Píntate algún color en esa cara que lleva tanto tiempo sin conocer el rubor de mirar algo real para que así puedas tener tu propio comisario. Publica en tus medios favoritos el vértigo que sientes por los objetos de tu cámara oscura, cuyo estatismo te llega a parecer propio de satélite sin órbita. Te planteas la vida a golpes del tambor de una lavadora herida en lo más hondo para así nunca más dejar surcar tu vientre suave pronto estampado de arrugas. Y aún así crees tener razón. No generas preguntas, prefieres respuestas rápidas, double check, planes a largo plazo y presentes breves e insidiosos como una noche de verano concentrada en un cóctel de azúcar refinada. Y aún así crees tener una buena razón.