martes, 18 de julio de 2017

Natural

Pasas una vez cada cien libros y te quedas para siempre. Al igual que tú, no puedo salir de tu piel. He bailado el ruido de cada uno de los pasos que diste para cruzar de tu autobús al mío. He tratado de escribir nuestros últimos abrazos en Cibeles para erigirlos memoria histórica, y he fallado. Me tiembla la yema de los dedos si comparto el suelo contigo demasiado tiempo, actúas sin saberlo borrando mis palabras, llenando de negro todas las hojas en blanco, relegando el pensamiento a un papel secundario, mudo, sepia. Me haces sentir. Una variedad tan exquisita de sabores de cuerpo y mente que terminas por ser gravitatoria. Perturbas el equilibrio, curvas el tiempo. Hay una mirada tuya que empedrece ejércitos, revuelve el mar, desata las sonrisas y libera aromas. Luego, yo puedo tomarme el mundo de otra manera, con hielo, sin azúcar. Cruzo los brazos por tu cuello, me pego a ti, te miro, sonrío, me preguntas que pasa, te beso.

martes, 4 de julio de 2017

Remache

»Solo un encuentro casual podría salvarnos» se dijo, «o escribir sobre algo no relacionado con la escritura». Podría desunirlos la metaescritura relámpago. Teoría de la literatura sobre algo ajeno a la literatura, automatización, rutinización de la felicidad y revelado en tinta. Alejarse de la retroalimentación barata, alejarse de alimentarse si cabe. No volver a pensar que la mejor manera de relajarse sería dormir la una entre los brazos del otro. No intentar mecanografiar la sensación de una media despedida, la necesidad desesperada de más. 
   A veces cuando paseo por la calle observo a la gente y me pregunto si la ropa que lleva es nueva o si se acaban de cortar el pelo. Busco el extrañamiento en sus rostros, la vacilación, el gesto que se traduce por grito ahogado de aspereza.
   Nos salvará la vida la forma narrativa. Nos la destruirá, de hecho. Por eso me declaro en huelga de escritura, de procesos cognitivos superiores, en huelga de ti. Quiero renunciar a los modismos, como quien renuncia a la barba, es algo que no se aprende, se nace con ello. Como no todos pueden, llegarán a viejos después de haber trastabillado por docenas de miles de pensamientos copia, de sentimientos baratos, de temporales momentos de lucidez que se tornan estupidez en treinta días. Centrarse en uno mismo (importante la noción de centro), construirse hacia dentro, buscar lo que uno busca, escucharse, quererse. Hacerse agujeritos aquí y allá en busca del crudo, perder el miedo, no agregarse a nadie, a nada.
   También resulta curioso pararse a mirar a la gente de la calle que espera a otra gente. Observar esa traza de ansiedad mezclada en el andar recursivo, presente en los vistazos al móvil, lubricante perfecto del giro de cuello primero a un lado y luego al otro.
   Y voilá, desenlace.

martes, 27 de junio de 2017

Eterno principio

Quiero escribir un texto que mañana cambie de forma. Quiero escribir un texto lleno de verdades que se reconviertan en otras verdades antes de pasar por mentiras. Quiero escribir el texto que me acompañe para siempre. Quiero escribir un texto para destinatarios permeables. Quiero escribir un texto que se lea desde el pasado y no tiempo después de escrito. Quiero declararle la guerra a la palabra. Quiero hacer una huelga vocal para callarme a mí mismo qué decisiones debí tomar y cuáles no. Quiero destruirlo todo a la vez que no hago ningún cambio. Quiero renunciar al verbo y vivir antes, quiero vivir en el principio y no después. Quiero que mis significados sean trascendentales. Quiero reivindicar las taquicardias. Quiero ser único. Quiero vivir de pena y morir de alegría. Quiero pensar en formas de comunicación que no existan. Quiero alimentar la llama y quemar algo feo sin esperar cenizas bellas. Quiero escribir un texto que se salve. Quiero escribir un texto que se adapte al todo y a la nada. Quiero escribir un texto que me abrace por la noche y duerma conmigo. Quiero escribir algo que para ti sea puro éxtasis neuronal. Quiero escribir una conversación. Quiero escribir algo que no tenga que morir para haber sido. Quiero escribir millones de notas y grabarlas en mis ojos, por si alguien quiere leérmelos. Quiero escribir la muerte hasta la muerte misma. Quiero escribir un texto que se escriba a sí mismo. No quiero ningún final.

jueves, 22 de junio de 2017

Vainilla

Otras veces no soy capaz de seguir si no te lo cuento. O si no lo escribo. En definitiva dejar de fijarse en los conductores de metro, no desear que los trenes vuelen, y pasar a ser el conductor. Empezar a vivir el mundo como es, en sus ojos. Solo ellos atraviesan los túneles, el resto somos televidentes, espectadores en unas u otras pantallas de diferentes colores, formas y ciudades. Siento que estoy un poco más cerca, que esto y pelar almendras a golpe de martillo es casi lo mismo.

lunes, 19 de junio de 2017

Le pasaba con la alegría lo mismo que con la tristeza y no quería regodearse en ella. Dejarse cruzar por la emoción como cauce pero no embalsar el flujo, tampoco filtrarlo o engrosarlo.

martes, 13 de junio de 2017

   El ser humano es bueno, bueno en producir alcohol etílico a raíz de cualquier tipo de sustancia, incluso de raíces. Dale el tiempo y el instrumental necesario y fermenta su propia mierda para conseguir algo que coloque. Así pasa que en pleno bosque no se aprecian las bayas de ginebra de la misma manera, por mucho que solo crezcan cerca de los 2.000 metros de altitud. Uno las huele extrañado, como si fueran un cáliz extraño.
   Ya no solo común, se antoja normal. La melopea es capaz de sentar la última palabra en cualquier tipo de materia, de dirimir lo indivisible, de juntar los cachitos de casi cualquier cosa rota. Te vuelve capaz de ver el lado positivo (que no bueno) en cualquier miseria. Al menos de apreciar un regustillo irónico en la desgracia, una potencia futura de lo malo para lo bueno. Pero vuelta a casa, alguien tendrá que escribir algo.
   Me reconcilio con las letras poco a poco, con miedo, como si apenas nos hubiésemos visto en seis meses pero nos conociéramos de largo. Como si nos quisiéramos con toda el alma pero no pudiéramos estar juntos, y en el fondo es casi así pero será que nuestras almas son cosa de poco, algo pequeñito. Antes discoteca hacía alusión a la colección de discos, a la carne de una discada, y ahora es un lugar a evitar, peligroso, de los de ir con la mochila por delante. Por evitar hoy evité la calle María Paz Unciti y el pequeño altarcito a Navajita, sin comprobar nuevas firmas o velas a medio quemar. Muerto allá por 2015, de nickname poco prometedor para la vida plena, cuenta todavía con acérrimos seguidores. A lo mejor la absurda fijación de pasar por delante viene porque en realidad soy yo el todo, muerto y altar, y me siento culpable si me alejo de las paredes donde pone bien grande que se me quiere. Valiente o cobarde, jamás sabré si tuvo la oportunidad de elegir entre el suicidio lento o el allegro. Ya no tiene que lidiar con nada, atrás las operaciones dialécticas, las disyuntivas, los trayectos óptimos para ir A o venir Desde.
    Y en la alternativa ramal de calle más lógica, a pie de bar, una rayuela. Sin tierra ni cielo, realista y dura como ella sola, a pie de bar, insisto, despoblada, arrancada de niños, pisoteada y malograda. Y la cabeza rauda a pensar en figuras, destinos, huniones... y al llegar té de tilo, Talita, té de tilo, Atalía.



jueves, 8 de junio de 2017

Irrelevante

Tengo un acúfeno desde bien entrada la tarde y ustedes no sabrán, pero yo les explico. Simplificando, porque no me acuerdo de toda la escuela neurocientífica, es un ruido inexistente que se percibe en un oído, como un pitido o zumbido que no tiene origen externo sino interno. A groso modo es causado por un desajuste químico en los neurotransmisores del sistema auditivo, creo recordar que por sobreproducción de glutamato. Ya ven que cosa, experiencia supersensorial de primer orden, más vulgar y barata imposible, lograda con facilidad tras una noche en Moondance o La Nuit. El revés está en no haber salido de casa en todo el día hasta ahora, salvo para el aprovisionamiento cotidiano de vegetales en la tarde, absurda manera de contagiarse el acúfeno. Ahora salir, a las 2 am, sin rumbo fijo. Paseo por Las Tetas, ¿a estas horas, solo?, a mí no me extraña, francamente me extraña poco de mí. Si eso que me den más miedo unas tetas reales en mi cama que pasear por esta oscuridad rodeado de extraños, pero esa es mi ansiedad, ya saben, yo le doy la forma que quiero.
   Hoy pasa algo raro en Madrid, o no, pero tengo sensación de extrañamiento. Como cuando llegas a una ciudad nueva a instalarte o veraneas en algún apartamento random, bien alto. Ese murmullo de vehículos y carretera que acaricia tus oídos y sube por tu nuca, poniéndote a veces el vello de punta. Me pasa aquí, sinsentido, quizá sea porque en estas calles poco se ha escuchado el A Love Supreme o porque rara vez me encuentro una rata enorme y canosa persiguiendo una cucaracha, joder qué susto. Aceptaré esta vez que tengo algo de kafkiano y nota mental, leer La Met... Pero lo que en realidad ocurre es que estoy contando los días para irme, tal como contaba los días para venir. Cinco años entre dos cuentas atrás que aparcelan el período más importante de mi vida, dos cuentas atrás como corchetes, como paréntesis, como guiones de un infinito -imposible- flujo del pensar y del escribir. Prado, qué dirías tú de esto. Me imagino algo como «tranquilo, deja de querer acelerar los días. Ahí fuera existe alguien, llegará, no te pongas nervioso» y toda tu parafernalia, y todavía te creo porque tuviste razón y en un lustro tengo clavada esa conversación, y cuando te dije que no me gustaban las estrellas (ya sí) y me soltaste algo así como las 1001 razones para amar a las estrellas. Sí, me das fuerza, sin saberlo.
  Donde es fuera ahora. A donde tengo que volar esta vez. Destino nacional, supongo, por algo se empieza. La vista bien fija y el objetivo claro, el infinito, el triángulo, horizonte horizontal o vertical si estás tumbado. Seguir obviando lo temporal y acumular canciones, poesías, pensamientos y no fotos, casi nunca fotos. Acometer la traición suprema, seguir rebelde, seguir furioso, conmigo, contigo, con todos y con todo. Antitodo como antídoto, en vena. Sí, porque en el borreguismo jamás encontraré respuestas. Escalarme por dentro, clavarme los crampones y arrasar con todo hasta subir, seguir subiendo, nunca dejar de subir, de reír, de llorar. Cuestionar cada grupo, cada opinión, armarme de autocrítica y sentido del humor, preguntarme qué me falta y lanzarme de cabeza a por ello, a lo mariposa, en agua o aire. Vivir cada persona como si fuera la última. Porque podría serla. Como estos mis últimos momentos contigo, Madrid, ¿Madrid?

martes, 6 de junio de 2017

L

Se trataba, pues, de un elefante. O acaso no lo era, porque lo único que estaba claro es que cuestionaba su propia elefantidad, creando así el hemiciclo del elefante y el del posible no elefante, que llegaban a hacer el amor y a parecer un todo circunferencial Este doblepiensa, además, se veía acrecentado cuando el elefante hacía cosas con su trompa que resultaban, a priori, poco usuales para el resto de la manada, cosas que solían atribuirse al género de las elefantas. Y la dichosa manada, ya saben, tiende a tildar de raro lo poco frecuente y, lo raro es, cuanto menos, peligroso.
            Se trataba, quizá, de un elefante. Con todo se consideraba agente de su propia contradicción y sufrimiento, y podía alegar en su defensa que ser contradictorio sufridor era demasiado calificativo como para ser objeto en sí mismo. Esas tan solo eran sus ropas. aquellas que se echaba por encima como barro los días de calor y se sacaba como si fueran moscas los días de calor en los que no estaba solo. Esto es de notoria curiosidad: este quizá elefante gustaba de relacionarse con otros elefantitos y elefantitas (sobre todo esto último) a los cuáles identificaba sin mayor dificultad como elefantes. Se admiraba de la posibilidad de no ser un elefante sino para el resto de estos paquidermos, a lo mejor la elefantidad no era sino algo externo, juicioso, decidido por una suerte de deus ex machina interno del resto de quizá elefantes y elefantas ajenos al posible elefante objeto de análisis.
            Intuía una cosa y solo una. Si en algún momento dejaba de tener dudas sobre si se trataba o no de un elefante pardusco, con un cuerno resquebrajado y unas enormes y costrosas patas, automáticamente se convertiría en un elefante. Esto le venía así de la sensación propiciada por los elefantes más elefantes de todos, cuya conducta parecía anoética e instintiva hasta tal punto que desprendía una suerte de felicidad consagrada. El no pensar equivalía a integridad, a alegría, a completo acomodo vital. Pero el elefante sobreestimaba la cantidad de seres que realmente jugaban con este modus vivendi. En sus estados más alejados de la lucidez, pensaba con una suerte de voz ancestral que en realidad casi todos los elefantes tenían taras, pero que tan solo era capaz de interceptar cierto umbral de imperfecciones. No tenía más que mirarse a sí mismo y admirar como a pesar de pasarse el día desnudo en la charca, sumido en este y otros monólogos dialógicos internos, nada indicaba que la manada tuviera la mínima conciencia de sus dudas, de sus defectos lógicos.

jueves, 25 de mayo de 2017

Sordina

A veces despierto y pareciera que la vida es eso, recortar el cuello de una vieja camiseta por el puro placer de romper costuras, vestirme de trapos y andarme al corral a romper almendrucos. Poner 94.5 en el dial y llenar tarros y tarros de cristal de almendras, haciendo una necesaria pausa cuando el café entra en comunión con la crema de orujo, o cuando la cerveza... para la cerveza no hay ninguna sintomatología que justificar, se toma en cualquier punto y ya está. Ir a ver, no solo a ver, es decir, ir a vivir a mi abuela y preguntarle por sus males y sus bienes y hacerle hablar de su padre que participó de la catedral de Sigüenza y tirar del hilo hasta mi difunto abuelo y como la casualidad quiso que tuvieran simiente y que naciéramos en La Mancha y no en Levante. O a mis tíos-padrinos expertos sin quererlo en cine, en alegrías, en interrogatorios de buena fe, en presencia permanente. Luego vamos a las afueras y Raúl y yo jaleamos patinando a toda la camada de perros para que corran, para que se cansen, para que sean tranquilos y felices ajenos a todo el absurdo que impera en cualquier parte menos en los corrales. Una vida entera escondiéndome de las estrellas pudiendo aceptar de antemano que yo no tengo por qué salir a mirarlas, que son ellas las que vienen aquí cada ocaso de visita, quizá a pegarse las buenas risas o calmarse con el absoluto que reina cuando todos duermen. Ahora quiero a las estrellas pero otra veces...

miércoles, 24 de mayo de 2017

Sigue

   Me encantan esas manos que te guían, que no hacen otra cosa que aferrar la tuya y desplazarla, en una instrucción cariñosa, hacia lugares remotos y cercanos, en un acompañamiento forzado, sorpresivo. Me encantan esas manos sedientas de enseñar en que lugar hay que cavar para buscar tesoros, esas manos maestras de cierto orden, legado del lenguaje corporal más tierno y divertido. Hay manos que guardan recelosas la velocidad espasmódica del hacer, que anonadan a cualquiera cuando transmiten un imperativo categórico del número exacto de jugadores que quieren en la piel. Esas manos aliadas de puntuales brotes de egoísmo, íntimo y único posible vínculo entre el reconocimiento absoluto de dos personas, esos amarres de dulzura que te muerden. Son en último término el mayor exponente de pereza, pues solo buscan descansar y que trabajen otras manos, que trabajen, que trabajen... otras manos.

jueves, 18 de mayo de 2017

Bebop

No tiene por qué haber más letras, pero si un delirio no deja de crecer, me podría pasar escribiendo hasta el fin de los tiempos. Madrid es una ciudad muy puta cuando vuelves a casa en la soledad de la madrugada. El Puente de Segovia es una pantomima de caricatura, y el irrisorio cauce del Manzanares desacredita las tendencias suicidas de cualquiera. Imagínate chapoteando en ese lodazal que pretende ser un río luchando por ahogarte. La ruta que asciende hasta Príncipe Pío es tan fresca como siempre, y ante la invasión táctil de temperatura me permito recrear mis oídos con las bandas sonoras de vidas distantes. Voy borracho, voy bastante borracho. La absenta siempre fue una respuesta rápida a cualquier tipo de pregunta y un obstáculo formidable para el pensamiento.
   Luego ocurre lo contrario. La propiocepción puede ser agudizada por ese río verde, y casi sin quererlo viajas a otros universos. Las estaciones y las calles del pasado se mapean en tu cabeza con vida propia. Algunos rostros desfilan difuminados en tu marcha hacia Plaza España mientras navegas en tu sendero interno. Has perdido cualquier nexo con la realidad más allá del reconocimiento que tienes de la tristeza pintada en tu cara, en tus ojos. Atraviesas un primer beso y unas primeras citas en Madrid rumbo al pleno centro mientras el mareo termina de humillar a tus capacidades cinestésicas. Entre ojalás, cambios y decisiones no tomadas, discurres sinuoso al corazón de la ciudad y la única disyuntiva real es la del medio motorizado en el que dejarse mecer hasta llegar a Suburbia.
   Cena, aperitivo, desayuno. Aporte calórico de última hora para que el verde no tome por completo tu cabeza. Metro, verjas abiertas. Sabes que es demasiado pronto y decides entrar. Una vez entraste por la misma puerta en una situación parecida, pero acompañado de una mano ahora esquiva. Sonríes, o lloras, a efectos prácticos da igual. Estás en el circo. En el tío vivo de personajes grotescos de la noche capital. Te ases al lugar que te corresponde, tu barra favorita. Giras y giras en círculos, subes el volumen de tu banda sonora, no puedes volver a dormir. Si te duermes a veces te quitan pedacitos de ti mismo, bien lo sabes. Vuelas hasta la periferia, te despides de Nix, aparece tu almohada, te duermes, te quitan todo lo que tienes, sueñas.

Cool

Tal como lo cuento. Volvía yo a casa viniendo desde qué sé yo, La Pradera u Olavide a inferir por las fechas, devorado poco antes por las puertas del vagón de un viejo tren de la línea 1. Inmerso en los pulsos de cualquier cuatro por cuatro, bien fuerte, no vaya a ser que por error termine por escuchar lo que estoy pensando. Bip, y próxima parada: Atocha, y con una exactitud de colegio el mundo gira lo justo para que los andenes de Atocha se dibujen en las ventanas del metro, y la velocidad va decreciendo, lentamente, al compás del sonido de las revoluciones que caen y el frenado amortiguado y por fin nos detenemos. Levanto la mirada del suelo, estoy de pie, en el centro, no hubo suerte esta vez en la caza de asientos. Se abre la puerta que me queda en frente y cruza el umbral un pastor alemán (el perro) cabizbajo, serio, viejo y descolorido como él solo, con una correa y un amarre seguidos de las manos de un hombre evidentemente invidente. Me echo para atrás en un acto reflejo de conservación de la sustancia o de bondad para con el prójimo, el señor se aproxima precedido de su perro y se ase encomiablemente de la barra del techo. Al poco me pregunta si la próxima parada es Menéndez Pelayo y de alguna forma sus frecuencias se superditan a las de mis cascos y le escucho y soy capaz de contestarle que sí. Y todo podría haber acabado aquí, tan solo con la sensación de tímido respeto que guardo por los ciegos, pero no.
   Como la máquina de movimiento perpetuo que es el metro, se repiten los acontecimientos en la siguiente estación: progresivo enlentecimiento del tren, generación espontánea de los andenes y, para mi sorpresa, nueva apertura de puertas seguida de la entrada en mi vagón de un bastón extensible sujetado por vía de una persona que no veía. El nuevo ciego casi se choca con el anterior, pero armoniosamente lo esquiva con lo que supongo una suerte de percepción extrasensorial o comunicación telepática entre víctimas de la misma dolencia y se coloca detrás de él. El extrañamiento del vagón se generaliza mientras dos niños juegan con el perro del primer ciego y comienzan a hacer preguntas que incomodan a su madre. "Y esta cosa del perrito para qué es" y "¡Quiten las manos de encima, quietecitos hasta llegar a casa!" o cosas por el estilo. Las facciones de los invidentes reflejan una calma total, una abstracción casi mística, como si se movieran en su propio plano de la realidad, pero sin el como si.
   Casi sin quererlo recuerdo otra pareja de ciegos bien distinta, más... premeditada. Esta incómoda comedia trae a mi mente la entrañable pareja de ancianos ciegos de Ríos Rosas, que paseaban siempre felices sin poder ver que yo les veía. Tirando del hilo de las agrupaciones absurdas recuerdo a la mujer que paseaba cinco cachorros de carlino a la vez en el mismo barrio, y me pregunto que habrá sido de ellos. Probablemente todo o gran parte siga igual, al fin y al cabo no es el mundo el que gira tan deprisa sino yo. Hipotetizo que seré la única persona del universo en haber percibido la figura dibujada por la pareja de ciegos que jamás se han encontrado, los ciegos deliberadamente constituidos en pareja y la jauría de carlinos bebé. Sigo terriblemente orientado a las personas. Prefiero proyectar vidas, historias, compañías, antes que diseñar proyectos académicos, laborales... todo eso me sobra, envilece lo que yo considero natural. Nada importa si está todo el que te aporta que diría Laura, ¿se referirá a una sensación parecida? Anoto mentalmente que tengo que preguntarle.
   Mi minoría es un sonoro fracaso. La gente se muere o peor, cambia. Y yo ando sediento de conversaciones, besos y risas, la absoluta comprehensión. Poco a poco, aumentando la marcha como el tren, voy dejando atrás estos mares hipotéticos y emerjo en la bohemia de rostros anodinos, pantallas felices, carreras, empleos, planes de jubilación y demás formas de suicidios a largo plazo. La gente tiene un miedo terrible a sentir. Por eso nadie se da la vuelta tras un cruce de miradas y mis ojos siempre se estrellan en aburridas nucas, breve sinopsis de mi vida. Pero ya falta poco, un cupo de acelerones y frenazos más y estoy en mi cama haciendo poesía o música y entonces quizá haya merecido la pena sentir durante un rato. Algún día el metro saldrá disparado por la boca, con alas, y estoy deseoso de llegar al cielo y seguir haciendo poesía y música y cruzar un abrazo después de cada mirada y decirte cada noche que también quiero escuchar tus chorradas. Merecerá la pena, tiene que merecerla, y como siempre me ocurre cuando duermo poco, me precipito al acabar las cosas.

martes, 16 de mayo de 2017

Monstruo

Te creo, no existes.
Insisto en tu cabeza y te reflejo desproporcionada
en la de estos extraños.

Te descompongo como flor del mal en recuerdos
y te reconstruyo cadavérica a tu imagen y semejanza.

Como Víctor,
te desato en esta sala
y después de devorar las felices facciones de mi cara
te restituyes con vida propia.

Como Fausto,
te veo tan bella como el mismo instante detenido
y paso el resto de mi día intentando encontrar un Mefistófeles
que quiera jugar conmigo a hacer la vida.

Ahora todos te conocen.

Tienes un sabor amargo en los rostros secos
de la gente que te escucha y que no puede llorar
porque otro monstruo ya se ha bebido sus lágrimas.

Tienes el poder del rumor,
la resistencia de las cosas que no existen,
la trascendencia de aquello que muere antes de tiempo.

Y con todo, eres débil.
Un mustio miembro del corpus de los poemas desmerecidos.
La tercera réplica de una caricia en mi epicentro.

Y con todo,
yo soy tu república, tu creador
y te proceso tanto amor que ante tu ausencia
solo puedo sentir una cosa:

miedo.


miércoles, 10 de mayo de 2017

Clavel

Qué te diferenciaría de los demás si hoy te escribo. Eres mucho más que una carta. Mucho más que una amiga. Mucho más que unos poemas o unos textos. Para ti apenas tengo letras, tan solo las de la palabra sonrisa, y la "s" está repetida. Podríamos contar nuestras fotos con los dedos de una mano. Te pareces a la música, porque quizá al final seas la única que pueda salvarme... ¿Recuerdas? Pero al final no eres nada de todo eso. Eres intrascendente, la sensación que puedo encontrar en mí en cualquier momento. Tan frágil, tan pequeña y tan importante como el latido del corazón. Estás más allá de la tierra y el cielo, y así debe seguir siendo.
   Eres tan perfecta dejando entrever tus defectos que me maravilla cuando te basta mi palabra o mi compañía para resolver la vida. Hoy no quiero darte la primera, ni puedo darte la segunda. Solo tengo gratitud para ti, la mayor cantidad que pueda regalarse a otra persona. Por ser perenne. Por tener siempre los brazos abiertos para dejarme entrar y los pies dispuestos a caminar cuando quieres venir conmigo.
   Quiero que el tiempo siga sin pasar por nuestra puerta para que no la desplace ni un milímetro, para que no la abra, para que no la cierre. Te quiero para siempre aunque no siempre te quiera.

martes, 9 de mayo de 2017

Un creador de historias no es más que alguien que se rebela ante el hecho de no poder crear la suya propia.

jueves, 4 de mayo de 2017

Facto

Eres un mar negro mojado para siempre en la palma de mi mano
Te busco en cada sitio público porque quiero casualizar una cita con tu mirada
Que caigan fuera todas las gotas de tiempo que no he pasado contigo, que no entren
Está por descubrirse la cura de tu intermitencia 

miércoles, 3 de mayo de 2017

Treses

Te desespera el tiempo, siempre lo ha hecho. Tiempo para viajar, tiempo para estar fuera de casa, tiempo para estar dentro. Tiempo para hacer las cosas bien, tiempo para hacer las cosas mal y rápido, mal tiempo.
   Entrar a la cama con ansiedad y salir con palpitaciones, beberse el ruido de la calle y salir a tomar el café, engañar al amor con el sol y sentirse realizado con el puro placer que proporciona el viento. Algo seguro es el abrigo en la mochila por si hay que retirarse con el frío que censura los cismas de tu dentadura, manchada por la levadura de una cebada barata ingerida en cualquier terraza, de la mano de un quién-sea. A los pies de tu cama zapatillas que a diferencia de ti son pacientes, mientras pacientes como tú toman las pastillas para evitar las pesadillas que produce el tiempo. Y en tu calculadora personal, siempre activa la conversión del paso del tiempo a tu moneda favorita. Por el amor de Dios sal, ve a trabajar o estudia, desplaza el arte de tu mesita para colocar un estupendo reloj despertador de oro que te grite cada mañana como si fuera aquella persona que de menos tanto echas. Balancéate en la barra del metro y haz la tirolina con el cable de tus auriculares para al menos tener la seguridad de ser un perfecto payaso en público. 
   Píntate. Píntate algún color en esa cara que lleva tanto tiempo sin conocer el rubor de mirar algo real para que así puedas tener tu propio comisario. Publica en tus medios favoritos el vértigo que sientes por los objetos de tu cámara oscura, cuyo estatismo te llega a parecer propio de satélite sin órbita. Te planteas la vida a golpes del tambor de una lavadora herida en lo más hondo para así nunca más dejar surcar tu vientre suave pronto estampado de arrugas. Y aún así crees tener razón. No generas preguntas, prefieres respuestas rápidas, double check, planes a largo plazo y presentes breves e insidiosos como una noche de verano concentrada en un cóctel de azúcar refinada. Y aún así crees tener una buena razón.

jueves, 20 de abril de 2017

Uni versos (Aleatorio bar 26/04/2017)

Polvos cósmicos descienden lentamente,
bailando la balada
que representa mil verdades nuestras.
Una fina capa de lluvia digital
separa el humo de tu cigarro de la calle
y me detengo en las dunas de tu vientre. Suave.

Planeta cama, colonia de dos idiotas:
¿Alguna señal de café sobre las rocas?
Altero la rumba de tu pelo en la constelación cocina
y aterrizo en la pista de tu espalda,
mi lugar favorito, el abrazo inverso.
Y mientras tanto la nebulosa de cosquillas
de tu labio en mis mejillas
pretende eclipsar las llamaradas
de un sol vitrocerámico.

Es demasiado tarde, el tiempo es enano
y la supernova evidencia
una abstinencia galáctica
del combustible de tu lengua,
una brecha espacial maltrecha
entre mis manos y tus tetas.
No será ganada esta carrera
por tu potencia o por la mía.
Pasarán millones de años
y tu boquita de Estrella
nunca volverá a estar fría.

viernes, 14 de abril de 2017

Camino (21/08/2015) - Mara

Y mira que cuando conocí a Mara era la cosa más rara del universo. Por aquel entonces ya tenía bien arraigada esa costumbre suya de dejar constancia de su sentir de las cosas, pero por lo demás era una persona algo distinta, retraída y cerrada como un bote de la deliciosa mermelada de higos que tomaba esperando a ser abierto. Ojos marrones y pequeños que agrandaba con un poco de esa sombra que la hacía parecer una gatita (o un mapache más bien, pero ella odiaba que le dijera eso). Encima, una media melena enrrubiecida por el sol de pueblo, bucles y ondulaciones que eran puro viento, y a veces coronada por una palmera con un lazo azul que era la cosa más hortera del universo. En su carita de lluvia, una nariz delgada y puntiaguda que te hacía cosquillas cuando te besaba la mejilla posando esos delgados labios suyos. No había por dónde cogerla con esos finos vestidos de verano que llevaba siempre, pero tanta extravagancia junta resultaba interesante. Era la persona más cariñosa del universo y, si te miraba fijamente, casi podías leer palabras en sus ojos, notar un abrazo de vapor o un beso de viento, esas cosas tan pequeñas e intensas que a mí me sobrecogían y me dejaban literalmente sin palabras. No se parecía a nadie que yo hubiese conocido hasta ahora, era como si para ella el tiempo pasara de forma distinta, como si el aire que respiraba no fuera el mismo que el nuestro, y yo lo achaco a sus ojos, a esos ojos de mi vida que me persiguen en sueños, que por seguro le filtraban el mundo de una manera inconcebible. Me enamoré casi la primera noche que hablé con ella, lo que antes se decía flechazo que es ahora limerencia; el caso es que vino ese impulso de tener que estar con ella para estar de alguna forma, de escuchar su historia como si fuera la mía propia, de respirar su mismo aire y, fíjate tú, de adoptar sus problemas. Qué miedo me daba todo eso después de lo que había sufrido hasta entonces, pero Mara fue lamiendo las heridas y pelándome como a una cebolla, y cuando me quise dar cuenta estaba terriblemente enamorado de su sonrisa y me vi diciéndole te quiero cualquier tarde de abril en una boca de metro cualquiera. Comencé a sentirme desnudo, pero junto a ella, así que Mara era la manta que me arropaba, mi abrigo contra el frío y mi paraguas ante la lluvia, el yang del yin, y juntos fuimos dejando huellas de cuatro pies en diferentes cafeterías, en multitud de camas, en trenes, en metros, en tazas, en calendarios, en plazas…
   Y suena pretencioso, pero es cierto, el decir que nunca la voy a olvidar, que cuando me aburro dibujo su sonrisa en un papel que acabo mojando entre lágrimas, que su confidencialidad es una joya, un tesoro, y sus ganas de vivir y de crecer se llevaban por delante ese estúpido deseo de madurar que los demás cargamos, porque Mara es una persona muy real, que se esfuerza por llenar sus años de vida y no su vida de años. La quiero mucho.

martes, 11 de abril de 2017

viernes, 7 de abril de 2017

Udon

Me sigues lacerando en cada bocanada de aire. Eres el fragmento de humo de cada cigarrillo que me molesta los ojos. Mi lento suicidio... Los textos y poemas que no publico; los que sí. La ausencia de abrazos. El sueño sin sueños. La dicción contraria. El "silencio". Mi corazón sincopado al verte, como la última vez. Como solo tú lo haces danzar. Cómo solo tú lo has sentido en la espalda o en la palma de tu mano. Como la próxima vez. Y la próxima. Sobre todo eres demasiado Tú, un mundo que desaparece y que no comparto con nadie. Una idea que crece. Unas sensaciones mías. Lágrimas adentro y lágrimas afuera. Lluvia. Un color. La primera y quizá la única. Unas huellas. Cosas que me gusta hacer, cosas que detesto. Un rito. Todo.


Te amo.

martes, 4 de abril de 2017

Vieja

Me has dado parte de tu brillo, de tus brillos, porque hay uno en cada ojo, o quizá sean el mismo, que esté detrás de ellos y sea mucho más grande, y ellos solo actúen de ventanas, tendría sentido y sería una metáfora de lo que ocurre a escasos centímetros de la cama, donde hay una ventana, y otro mundo bien grande fuera, y se ven edificios y vidas, pero solo si miras, porque yo miro el brillo de dentro, el de tus ojos, y veo todo lo que quiero ver en ese y en cualquier momento, y diría que todo lo que necesito, pero cómo adornas el brillo con esa sonrisa descubro que también la quiero, y que no se nada de mí, ni de lo que necesito, pero sí de lo que quiero.

martes, 21 de marzo de 2017

O.D.A. (Aleatorio bar 26/04/2017)

La primera vez que oí su voz borracha
fue como la primera vez que oí su voz,
con esas notas acrílicas en las vocales
y esa caricia metálica de la lengua
eyectada directamente hacia el cielo.

La primera vez que oí su voz, supe que nunca jamás
se dejaría de oír en mi cabeza:
"iré a despertarte por la mañana, cosa",
o, como siempre, "qué piensas".
Qué piensas cuando miras el techo de esa forma.
Qué piensas cuando me abrazas y lloras.

Su voz...
era el instrumento más bonito jamás soplado en mi cabeza,
su voz era masticarla recién levantada y viajar en mi voz
hasta su boca para dotarla de saliva.
Convulsiono cuando tus frecuencias se dibujan
en mis retinas,
me coso los párpados cuando te sugieres abstracta, tuya,
a través del amplificador de papel de mi bolsillo.

Es tu voz absenta pura y magia,
trance robótico, circuito eléctrico de ropa y pelo,
espejo del olor de tu cintura, carboncillo de todo tu bienpensar,
jarra de cerveza fría y constelación de abrazos
muerta en vida en el espacio.

La última vez que oí su voz borracha,
supe que era la primera vez que precedía a la nada,
inventé sus vocales acrílicas y me rendí
en el paladar debajo de su lengua
incapaz de volver a tocar su cielo.

Oigo voces, oigo voces,
y antes de todas siempre está la suya.

jueves, 16 de marzo de 2017

Enclave

Me atraganté de miedo. Me mataba la posibilidad de necesitarte para dormir. Me dolían los ojos al mirarte, casi tan alta como el cielo, la más intensa de todas. Torcí mi cuello para darte el beso más precipitado de mi vida y apenas me dolió. La primera vez que te vi aluciné con lo que después soñaría y con lo que terminaría por suceder, me arañaba el estómago la ausencia de dudas. Primero sucedió el alcohol, después la posibilidad y por último el miedo. Tan rabiosamente pícara, tan alucinante. No. Me faltaba el aliento para gritar que eras demasiado para mí, que no cabías en mi vida. Dejarte entrar y morir serían uno. Todavía se corren mis palpitaciones cuando pienso que me has visto débil y fuerte, que me has tenido a tu merced en cualquier superficie blanda, que merecí la pena, que fui algo más. Es terrorífico que alteres mi respiración diafragmática. Inexplicable el no deberte nada y querer hacer la primavera contigo. Si tan solo...
   Demasiadas explicaciones, demasiados cambios. Demasiados puntos débiles lacerando una Cosa inquieta. Resacas emocionales del milenio. Naciste sabiendo joderme la calma, eres la natural, y así como no voy a arder del horror. Yo, que tan solo quiero sentarme a ver pasar los trenes. En noches como esta se acaban los mantras de mi defensa absoluta. Necesito otro vaso y un abrazo, limpio.

domingo, 12 de marzo de 2017

Que se pare todo, como se paró ayer. O que se vuelva a mover y que nunca se detenga. Que vacío me siento sin mis lágrimas. Joder.

sábado, 11 de marzo de 2017

Cosas que escribiría en tu pared

Veamos, pues, qué puedo escribirte que no me hayas escrito tú ya en este inexistente intercambio de misivas, de palabras, de novelas y de poemas. Porque me falta la inspiración siempre que estoy a tu lado y la incomodidad es menor con la luz apagada y lejos, ¿no crees? Olvídalo, es de día.
   Te doy las gracias por alargar mi vida con vino y nueces, por reducirla con sexo y por llenarla de encuentros extraños y precipitados. Por insistir en contar esta historia que yo nunca quise escuchar y por enseñarme que hay más locos navegando solos en el mar. Por tener una fe inquebrantable en mí alimentada de tus supersticiones, tus amuletos, y tus rituales. Siempre has tenido el azar de tu parte y aunque no tengas los ojos enormes y marrones te las has arreglado para cruzar tu mirada con la mía con una periodicidad tan poco casual que a veces asusta. No frenes ahora que estás tan viva. No te pares en mi puerta, porque no te merezco. Jamás he estado a la altura de tu metamor, nunca he estado tan loco, nunca he sido tan mío. No me he detenido ningún momento a pensar que fuera el momento, solo iba y venía a mi son, al tuyo, matando el tiempo tirándole nuestra ropa encima. Tu olor me sigue volviendo loco.
   Eres mucho más que eso. Estoy convencido de que lo tienes todo por llegar, pero no me creas, porque soy un mentiroso crónico. Será la mayor de las serendipias y con mala suerte yo seguiré sin estar para verlo. Cuídate, sobre todo mejor de lo que lo has hecho hasta ahora. Sigue creciendo, no pares de crecer, nunca dejes de crecer.

jueves, 2 de marzo de 2017

Hay belleza en la inmundicia.
Hay belleza en cada resquicio de calma que intercede en el caos.
Hay belleza en el propio caos.
Hay belleza en la vida y en la muerte, en los alcaloides y en las venas.



jueves, 23 de febrero de 2017

Aparte

Seamos perennes, como una de las putas hojas del bloc. Me gusta el amor de inicio feliz, inacabable, me gusta como tú y yo nos morimos de locura a cualquier tempo. No hay un te quiero para siempre válido si se acompaña de una rutinización del sentir, si no se pega fuego a todo de buenas a primeras y se manda malamente a la mierda. Por desgracia.
   A veces quiero contarte que tal estoy. Me preocupa hasta extremos absurdos qué te ocurre ahora. Para qué contaminar con formalidades la magia que fuimos otrora.
   Y poco a poco sigo aletargándome, cerrando los ojos con ternura, muriéndome de amor poro a poro, ya por esto, ya por lo otro, ya por nadie o solo por ti. Hasta que llegue el momento, solo pensar y dejar a Bill Evans hacer su piano.

viernes, 10 de febrero de 2017

Vinilo

Suena Parsons, o Young en la aguja, no importa, yo estoy en la cama y tú empiezas a lucir bella tras el cristal. Estás bellísima, aunque te veas apagada y traslúcida porque realmente no estás detrás del cristal (ni delante). Es solo que por un momento el reflejo vidrioso de tus Vans gastadas está situado a escasos centímetros de un desvencijado abrigo azul marino, deshilachado como tu seco pelo al viento, desaparecido e inexistente en la actualidad sin abrigar ninguna duda. Y por un momento casi te deseo en la magnitud de tu realidad y construyo tu presencia observándome trabajar desde la acera. Saludo a cientos de desconocidos que ignoran que pienso que te encuentras en la calle inmediata al cristal, pasando frío, mirándome con unos ojos dibujados tanatoestéticamente, acusándome (pero, ¿de qué?) desde unos pensamientos que solo pueden ser míos. 
   Me aburro. Me hago viejo hipotecando el tiempo en lotes insignificantes y contándolos hasta la saciedad. Siento cierta reminiscencia de morirme de dolor, o de amor, o de alegría, o de vivir, porque añoro hasta los malos momentos. Cuando todo era compacto, dúctil y fácil de manejar cómo una cascada de te quieros, un desprendimiento de reproches o una nube de arena dentro del corazón. ¿Sabes a lo que me refiero? Porque este lento tañido del sentir no puede matarme, me pregunto de hecho si vivo. Quiero dejar de fingir que escribo.
   Parpadeo y soy yo de nuevo, estrechando la metafórica mano de la clase media-alta española, apelando al ego y sonriendo de forma pragmática, como si no conociese alguna otra. O me estoy equivocando y sigo escuchando Tonight is the night o Standing on higher ground desde la cama. Realmente no me importa, mi cabeza sigue sobre los mismos hombros, los tuyos.

jueves, 12 de enero de 2017

Dónde

Yo no quiero llegar

a ningún destino contigo

yo solo quiero viajar

sin más maleta que estas letras, estas letras.




Yo ya no quiero recuerdos

yo ya no quiero lugares,

yo solo quiero personas.


lunes, 2 de enero de 2017

Arritmia

Erase una vez cuando las veces no se eran
que yo me levantaba temprano en la mañana,
pa' trabajar tallando el frío.

Y cada noche con los restos escribía poemas.
Así estuve viviendo un tiempo sin saber escribir,
todo lo que cuento es porque lo vivo
de manera diferente.

Hace dos años empecé un poema.
Hoy, lo tiras o lo quemas.

domingo, 1 de enero de 2017

Cuchara

Los dos nos queríamos porque ninguno de los dos se sabía entender,
pero yo quería ser el mejor traductor de tu corazón en piedra.

Gritaba que tus pestañas luchaban con las mías.
Hablaba del arte de tus dedos a los folios, y estaba tan caliente que hasta hace dos minutos no he sabido que he sido tu mundo.

Ojalá vuelvas a sentirlo,
pero nunca volverán a interpretar tu alma como yo lo hacía.