jueves, 29 de septiembre de 2016

Historias para no domir I

Qué pena que te acercases con mamá y no pudiera ni desnudarte de esas gafas de pasta.

Leer en la oscura pantalla de un móvil las notas de prensa sobre un desaparecido grupo musical.

Si me aferrase a tus tiernas curvas, ya estaría dormido.

Escuchar Coltrane, Zoot Sims y demás.

Asombrarme de tu capacidad para elegir fotos en las que sales horrorosa.

Margarita sigue radiante para estar muerta.

Houses of the Holy merece ser tenido en cuenta.

Cosas que podría escribir en tu pared.

Fíate tú de La Virgen y no corras...

Volví a Chamberí y la nostalgia no consiguió matarme.

El sueño polifásico comienza a parecer una realidad, ¿se cura con vasos de leche?

Demasiados sentimientos en la aristocracia rusa del XIX.

Si te pido un abrazo sin hablar, ¿me abrazarías también sin abrir la boca?

No sé si merece la pena probar el tinto que me recuerda a ti.

Me perjudican los errores que cometen personas que no conozco.

Cuando esté muerta, los científicos del futuro lo descubrirán todo. Sabrán que una vez existió Hushpuppy y que vivió con su papá en La Bañera.

Proyectáis una vida filtrada, ideal, que no existe. Estáis más jodidos que yo.

Eh, verte y tocarte el pasado domingo fue lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo.

Yo no recordaba el nombre de Ainhoa y Ainhoa no recordaba el mío.

Soy experto en luchar por gente que no merece la pena.

Soy experto en no merecer la pena para la gente que lucha por mí.

Vosotrxs tendréis un amigo. Para mí es una extensión de mí mismo.

¿Soy el único que ve la vida hecha de retales cosidos y por coser?

Dan asco los pilotos en la noche. Los de la luz y los del coche.

No hay una edad para casi nada, importante.

Tengo la certeza de que algún día dejaré de estar en ti y tú en mí. Quizá entonces te des cuenta.

El zumo de fruta exprimido es veneno.

Tus gafas de pasta, Dios, vuelve.











sábado, 24 de septiembre de 2016

Piel

Siempre supe que no te irías, era demasiado bueno para ser real, para acabarse. ¿Recuerdas pasear por Montera? Me enfadé hace unos dos años porque sabía que Barcelona, de una u otra forma, sería el principio. Hoy he vuelto a romper mi promesa, hoy he vuelto a leerte. A leernos más bien. Como bien dices, soy así de egoísta. El principio sigue teniendo un sabor maravilloso, aún después de tanto tiempo.
   En qué punto estás. Eso mismo te pregunto yo. ¿Por qué tanto cambio? A veces, contigo, me siento muchísimo. Porque yo fui ese idiota de los ojos verdes que tarareaba para matar los silencios incómodos y callaba para que disfrutaras los buenos, esa persona a la que enseñar y de la que aprender. Y ahora lo sigo siendo. 
   Anularte nunca. Y no fueron momentos fáciles. Recuerdo ahorrar con cariño casi cada céntimo, cuando tu viaje no era una certeza. Recuerdo, mientras me tumbo y río sin ti, abrazarte y reír contigo cuando más difícil lo has tenido todo. Te recuerdo a mi lado, quebrando cada pedazo de mi piel, curando mis rajitas más profundas. Recuerdo despreciar a quien te ha herido, los desprecio. Yo soy así. Sigo siendo el mismo. El que escribía, leía, bebía, reía, dormía y se levantaba contigo. Mi memoria táctil sigue siendo capaz de dibujarte a mi lado, brazo derecho bajo tu cuello, brazo izquierdo sobre tu vientre. Apartar tu molesto pelo, besar el vello de tu cuello y recordar la sonrisa que imaginaba en tu boca por tu forma de exhalar el aire sobre la almohada.
   ¿Hasta qué punto he sido importante? Siempre dices que lo soy, que me echas de menos y ojalá supiera cuanto. Porque nos entendemos. Y no creo que sea culpa tuya, quizá de nadie en último término. Enamorarse es algo agotador, y por eso no me enamoro salvo contigo, con quién si no merece la pena. Porque siempre tienes que ponerlo todo tan difícil, y ser tan terca, y pensar que ser tozuda es algo bueno, cuando hasta la misma palabra es horrenda. Nunca dejaré de querer esa faceta tuya, por eso me duele que sufras y no pueda ayudarte. Y estoy harto de solucionar las cosas escribiendo. No escribo para ti, y menos ahora. No quiero recordarte que eres mi persona favorita y que vivíamos en una burbuja que yo de vez en cuando sigo soplando, tan grande que se hace ahora... Si lo hago es porque me desestabilizas hasta tal punto que tengo que ordenarlo todo, y recordarme quien soy y quien eres para no hacer las cosas a tu manera. Siento que soy una gran persona en tu vida, un episodio único, sin principio, sin final, sin moraleja. Siento que fui, que soy, que eres. Lloré tanto la última noche precisamente porque tu no llorabas, porque te ibas y necesitabas irte. Porque me sabía el afortunado que te escribiría cuando allí todavía estuvieras buscando tu sitio, y el primero que rodaría cada metro de los 1.200 kilómetros para que le enseñaras los nuevos retales de ti misma. Para poder estar pintado en ellos, aunque dolieran.
   No tengo ni la menor idea de lo que esperas o quieres de mí, pero cada vez tengo más claro que siempre que pueda te lo daré. Porque yo quiero ser un fuego que pueda darte calor, un pequeño oasis bajo el sol. Porque puedo hablarte y escribirte así, como tú quieres que lo haga. 
   Créeme, yo también te echo de menos, hasta doler. Echo de menos a tu yo más curiosa y pequeña. A aquella que venía a hurtadillas a escucharme porque creía en mí. Quizá esto te suene exagerado, pero me hace muy feliz que creas en mí. Desde hace ya mucho tiempo piensas que yo podría tener algo que decir y antes simplemente te sentabas a escuchar, a hacer preguntas, a darme la razón o quitármela cuando era tuya. Y tenías miedo pero aún así te merecía la pena sonreír y luchar, porque supongo que estar conmigo era una recompensa extraña, rara, que sigue reverberando ahora.
   Me acabaré yendo lejos, como te prometí. A día de hoy entiendo lo mal que te lo tomaste, pero tal como han salido las cosas, cada vez tengo más claro que era la decisión acertada. No quisiera saber (pero lo sé) por qué te estoy contando todo esto. Porque siempre me preocupo por ti aún cuando menos motivos tengo y entre tantos silencios y sustos veo el lado bueno de las cosas...
   Algo que ya no está, algo que ya se ha ido. Como yo quiero irme y desaparecer y sentir que tu presencia se transforma de alguna manera. Ese momento llegará, como ha llegado casi cualquier momento que he querido que llegue en mi vida. Cuando llegue, ojalá me sigas valorando, porque lo que tú piensas, por supuesto, me es muy importante. Hasta entonces sin prisa, a tu ritmo.
   Lo que no fluye se muere. Con las personas es distinto. Las hay que duran para siempre. Y una persona es tan grande como el agujero que deja cuando se va.

sábado, 17 de septiembre de 2016

Trilogía de la tierra

Mi padre siempre me dijo que hay que valer para todo y para todo hay que valer. ¿Sabías que la vida se supera "echándole idea"?
   Sí, suya es la culpa de que nunca haya sabido detenerme. Solo hay una dirección y una clave para avanzar que es currar y currar más y más, y mejor y mejor. Mi padre con su escasa formación que se sabe el mundo de memoria desde que me hizo imprimírselo para leerlo en cada viaje entre el andamio y el hogar, porque a él no le gusta pelear con nadie y menos con el viejo Pentium IV de casa. Y llegar hasta arriba de cemento y sobrarle fuerzas para querer como mínimo a tres personas y salir a la carretera a quemar las ruedas de una Pinarello blanca. El Monillo, querido y por querer de todos los conocidos de su vida actual y futura, hombre carnavalesco de sonrisa fácil y mayor facilidad para sacar sonrisas. De él heredé poco, pues difícil es heredar material tan bueno, pero sí el ovillo necesario para hilar todo mi pensamiento. Un hilo de un color que tanto se parece a la necesidad de comerse el mundo, con pan, vino y postre, que no soy capaz de no hacer, de no avanzar y de no ser bueno con los demás. Y el sentido del humor, joder.
   No dudo que todos tenemos algo de bondad y que conviene usarla porque mi madre limpió esas dudas a golpe de plumero hace ya mucho tiempo. Mujer imparable, la segunda cabeza de la hidra, medalla olímpica en relaciones intra e interfamiliares. Sangre de café -recién molido, sin torrefacto- y ojos marinos, escudados en gafas de montura metálica para mayor disimulo de la condición de super heroína. Carga consigo el número 53 de la calle Valencia y la mayor parte del 29 de Cruz de Hierro, y todavía le da el nervio para pluriemplearse y supervisar las vidas de sus hijos, no vaya a ser que algo se tuerza y mañana nos levantemos un poco más pobres o tristes de lo que lo éramos ayer. No nos engañemos, soy obrero hijo de obreros, que trabajan en obras o que hacen buenas obras, o que son como hormiguitas obreras que construyen o recolectan alimentos para pasar el invierno. Porque el camino siempre ha sido enrevesado y difícil de seguir sin desorientarse, pero siempre lo hemos allanado.
   Y para eso está y estuvo ella, la más grande, allá por donde pisaba, o dejaba de crecer la yerba o crecía mucho más alta y de colores más locos y vivos. Científica de la vida, experta en mezclar los ingredientes de cada historia sin miedo a obtener cien finales malos hasta rodar la toma buena. Gitana, viajera, artista, esotérica y creyente de creer, convencida tanto de sí misma que tuvo que convencer a todos los demás para que viviésemos tranquilos. Tanto me ha enseñado su método, el que ella denomina Aprendizaje vital a base de hostias, y que hasta ahora consta de 26 volúmenes, que ya sé en quien tengo que confiar y en quien no. Pero sobre todo me enseñó que hay una medida buena para todas las cosas de la vida, y que hay que enamorarse de lo que uno hace, o de lo que quiere hacer, o simplemente enamorarse y cruzarse un país como un loco si se está jodidamente convencido de que es lo que se tiene que hacer. Menudo huracán.


domingo, 11 de septiembre de 2016

Mi

Te escribo directamente sobre la carta, sin borradores, porque me he acordado del ruido de los coches en tu avenida; y del semáforo cuya luz parpadea en tu habitación cuando está en verde, en rojo, en verde, en rojo...

jueves, 1 de septiembre de 2016

No tiene nombre

Y tenías que tener esos ojos, y esos aires muy tuyos como de vino y de viento. Si algún día puedo, quiero hacerte partícipe de lo que has hecho por mí. Y reír de llanto o llorar de risa al confesarte que cuatro frases tuyas cambiaron mi mundo, como hace cuatro años lo cambiaron cuatro frases de una cuarta. Casi me tiro al mar porque me dijeron que tú estarías en la otra orilla, sin siquiera esperarme a mí o a nadie.
   Soy así. Rematadamente poco y loco, luchando como cualquier otro porque pienses solo un poco sola en mí solo. Acentúa como quieras, que crezco y crezco para ti. Espero el momento en el que menos me lo espere y uno de los dos cruce el umbral de la habitación donde está el otro (o del bar) y se pueda de nuevo volver a hablar de mundos, de persecuciones, de hacerse mayor a la fuerza conservando la esencia. Quiero ver el futuro en el que te quiero, en el que recordamos juntos las coincidencias, los barcos, las olas del mar, bla bla bla, y un tropel de retórica hasta ahora sin contenido, sin sentido, que quiero dentro de años leer con ojos de sal y pensar "lo vi venir, coño que sí lo vi".
   Soy así. De imbécil. De los que piensan estas cosas pero en serio. Serio es lo último que quiero ser contigo. Cuídate todo lo que puedas y más que yo haré lo propio, para que sientas que no necesito que nadie me cuide la próxima vez que nos encontremos. Y si al final no sucede nada, esto ya ha sucedido, que no es poco. 

Tierra

Cada cierta cantidad de la unidad temporal que se prefiera, se alumbran bajo un cielo estrellado niños como nadie. Son capaces de crecer deseando cambiarlo todo por recordar un rostro. Se vuelven escaparates andantes de microliteratura, a veces se atraen entre ellos, y otras tantas se repelen. Dicen que no tienen miedo a tragarse chicles porque quieren vivir con las tripas pegadas. Son seres extraños, con una nomotética propia bien precintada. No intentes comprenderles, no intentes comprenderles, por última vez, no intentes comprenderles. Hay quien ha tenido la oportunidad de vivir junto a estos seres, pero quien se pega demasiado se nutre de ellos y los draga. Son fuente inagotable de alegría y de pena, y qué manera tienen de sentir las cosas... Se diría que nacen programados con unas tablillas extrañas, que miran el mundo de refilón y ven las cosas que están en los bordes donde ya nadie ve nada. Son pocos y son muchos, y la tremenda distancia que los separa al nacer se relativiza a medida que los bebés se hacen niños, y los niños, más niños aún. Siempre quieren darle las gracias al cosmos, pero como el cosmos está lejos, tienen que moverse y viajar y perseguir quimeras y vivir y morir cien veces de amor. Hasta donde se sabe, estos amigos no tienen fin o, lo que es mejor, luchan por no tenerlo. Se entienden, cómo no, con los ojos. Se preguntan pestañeando y se contestan con las cejas.