sábado, 20 de agosto de 2016

Leer un rostro

Se comienza besando tibiamente las arrugas de la frente, separando los labios para desfruncir el ceño.

Así es como se enseña. El lenguaje de los poros se descifra con las manos, que ríen y contestan haciendo cosquillas. Se pellizca ligeramente una mejilla, acerca tu ojo y acaricia su piel con tus pestañas. Los lóbulos se besan, y se mordisquean un poco mientras se sonríe, así el músculo de tus labios presiona su carita. Si posas tu índice en sus párpados cerrados, notarás el tierno y pueril terror de los capilares. No desesperes si sus labios se curvan, aléjate, despacio, coge aire y acércate, despacio, suelta el aire. Haz que su nariz note tu aliento, vaporoso, cálido, y espera a que inspire. Si desplaza su cuello hacia atrás, crecida, puedes detener el tiempo entre su boca y la tuya. Deja que tu nariz se apoye en la suya y descanse, millones de pequeñas descargas eléctricas viajan de ti a ella, de piel a piel, ¿las notas? Es el momento de abrir los ojos, separando cada párpado con cariño, como si se quisieran mucho. Si lo has hecho bien, estás en su órbita, estás en ella. El reflejo blanco de la luz de su pupila podría despistarte, procura que no te impida apreciar la timidez de sus cejas, el rubor de la puntita de su nariz, la niñez de sus labios. Ahora sabes que está feliz, que la has hecho feliz. Acunada entre tus brazos enloquece su vida en la tuya, vuestras bocas se besan a distancia, y es el momento de dar paso a la palabra. No seas comedido, simplemente habla. Absorbe las pequeñas partículas del ambiente cargadas de luz y sonido y conviértelas en torpes caricias verbales. Sobre todo que sean torpes. Observa como viajan hacia su boca, hacia sus oídos, hacia su piel. Este momento es el momento, ella te está recordando. Te ve, te escucha, te lee...  ella piensa el complejo del regalo de tus estímulos y tiñe cada una de tus palabras de su color favorito. Esas de ahí ya no salen, van de un ventrículo a otro, y otro, y de vuelta. Ya está, ya está. Recrea. Abrázala como la abrazas, como si fuera el tiempo, como si fuera la sonrisa. Pronto tendrás que hacerlo todo de nuevo.

Si lo haces bien, lo has conseguido. La amas. Ahora es para ti, para siempre, tu regalo. Un vendaval y una huella, has leído su rostro. Jamás olvides, ¿para qué? Puedes deshacerte de todo lo demás, ahora, tienes recuerdos. Experimentarás algo casi único, créeme. Y los demás... no saben lo que es, y tienen miedo. Porque duele, vive, cura y hiere. Cuéntamelo. 


martes, 16 de agosto de 2016

Buenas noches, y una mierda.




De cómo lo tuve todo y lo sangré gota a gota.



Del miedo.



De las cosas que amo.



De las mentiras.



De cómo el nacimiento marca toda tu vida.



De cómo todos están lejos



Del mal gusto de mi padre con el whisky.



Del adjetivo hirsuto.



De cómo me da miedo escribir sobre el monotema.



De los venenos.



De cómo me levanto cada mañana por resorte sin recordar por qué.



De cómo me levanto cada mañana porque me da miedo dejar de hacerlo.



De la distancia entre dos puntos cualesquiera en cualquier eje.



Del calor.



De ser un millón entre millones.



Del idiota del espejo.



De cómo te odio por haber estado y no estar.



De cómo huyo de la gente.



De cómo la necesito.



De los ojos profundos y marrones.



De las cosas que escapan a mí control y de las que no.



De alguien quejándose del dinero y llorando en el sótano de una cafetería.



De mi.



De ti.



De las cosas que no existen.



De las cosas que sí.



De nada.



De los que han muerto cuando debería haber muerto nadie.



De herir.



De ser herido.



De no encontrar palabras y no querer buscarlas.



De todo lo que se ha dicho y de lo poco que se ha escrito.




De todo eso y mucho más podría hablar si tuviera quien escuchara.

sábado, 6 de agosto de 2016

Nudo y desenlace

No puedo dormir. Porque pasan las horas, y con cada una de ellas se hace más evidente que te has ido para no volver. Una persona es tan grande como el agujero que deja cuando se va, y estoy seguro que el tuyo va a verse desde las nubes. No quiero decir nada más. No quiero traicionar tu recuerdo. Hasta luego, amigo.

viernes, 5 de agosto de 2016

Instante

Vamos a parar el tiempo justo ahora, como siempre hemos deseado, por muy antinatural que parezca. Está tu pelo ondeando chispas rojas, siendo cortina de tus ojos y víctima directa de mis manos. Las durezas de mis dedos recorren tus mejillas y tu cuello en un intento de unirte mucho más a mí, de empujar la tensión para que estalle a borbotones entre nosotros, y que nos moje y nos ensucie. Una gota de sudor vuela, agitando las motas de polvo del espacio y estrellándose contra la pared. El abrazo de tus piernas me absorbe casi tanto como el de tus ojos y, poco a poco, milímetro a milímetro, te mueves, te estás moviendo. Yo altero mi prosodia corporal y te acompaso a destiempo, armonizo las notas de tu piel y de tus labios y te recorro toda cuanto eres, hacia atrás, mientras tú me atraviesas con tus dientes el pecho, el corazón, la sangre, hacia delante. Un ligero retemblor de lana, las contracciones y los jadeos, se cosen en un retal hecho de nosotros y soy plenamente consciente de tu esencia presente, como un círculo marrón que me cerca, por dentro y por fuera, soy tu diana, tu blanco. Te agarro, te aferro contra mí como si fuera necesario, pero ya estás enlazando nuestras lenguas y pegando nuestros labios de forma irreversible, y es entonces cuando te respiro tan de cerca que casi te vivo. Estoy dentro de ti. Quiero que me ahogues con tu boca, estrellando en mis oídos palabras de las tuyas, y te voy a rasgar la piel con mis manos.

Lo que quiero es mirarte y no llorar.