domingo, 19 de junio de 2016

Dado que siempre me sentiré partido

y petrificado

por ese río de coches tan ancho

y ese árbol con ventanas de ladrillo claro,

se acabaron las vueltas Alavida,

se acabaron los relatos.

Si se trata de jugar a ser el más fuerte

es obvio que he perdido

y no hay más que salir por piernas,

para nunca volver a entrar por las tuyas.

Lo llaman amor, pero son bocas de metro que te engullen.

Lo llaman recuerdo por ponerle un nombre a la ausencia.

Yo lo veo más bien como la prostitución de la palabra,

pequeña y puta insidia,

mentira enjuiciada.

Desde ahora, me guiaré por los cabellos,

nunca más iré a tu casa en bicicleta

y dejaré de verte en cada balcón porque no miraré hacia arriba.

No te engañes, no te miento;

hace ya mucho tiempo que no te pertenezco,

que no sientes nada por mí

y que yo por ti solo muerdo.

Lejos es utópico, como siempre,

y no quiero estar cercado.

La vida se encuentra en el respaldo de un banco,

en el swing de un viernes

o en la madrugada y el tabaco.

Desprecio tu azotea,

y cuando tengo el bicho

lo mato a mi manera.

Paralelamente,

todos los lugares que un día fueron nuestros se mueren,

no hay polea que los salve del peso del tiempo.

Huyo, porque a huir me enseñaste.

Corro cargado de cuadros y fotos en elipses a tu eje.

Sigues siendo la perfecta dosis de distancia,

el medio amor de una madre

la suave seda de araña.

Como ahogarse en seco en la edad del sol,

como seguir mintiendo.

Tú quédate ahí,

yo me voy a ir yendo.