domingo, 21 de junio de 2015

Encrucijada

"Nos separaba de la calle el cristal empañado de lluvia.

Yo estaba lejos de mi hogar,

hoja caída en el remanso de su llanto.

Ella era menuda y tierna

y se hacía más menuda entre mis brazos,

y más tierna bajo mis ojos.

Entre nosotros y la calle,

la lluvia y el cristal de la ventana

eran dos abismos de plata.

La vida estaba allí naufragando en sus ojos,

la belleza dormía en sus senos perfumados,

la luz -toda la luz- se me daba en su boca,

la humanidad -mi humanidad- era ella.

Más allá del cristal,

más allá de la lluvia,

 pasaron.

Yo separé mis ojos de los ojos de ella para verlos pasar.

Marchaban chapoteando en el barro los pies descalzos,

desfilaban los rostros anochecidos de hambre,

y las manos encallecidas de miseria,

y las almas curvadas de injusticia,

y las voces amanecidas de odio.

Desfilaban los pies descalzos.

Iba la madre con el hijo al cuadril,

y el anciano rumoreando penas,

y el mozo flameando la bandera.

Iban de frente hacia la vida

armoniosamente rebeldes.

No sé si me lo gritaron ellos

o me lo grité yo mismo,

pero en las filas de los que pasaban

estaban mi puesto, mi bandera y mi grito.

El cristal empañado de lluvia

esfumaba los rasgos de la calle por donde pasaban los míos.

Volví los ojos hacia ella, que se hacía casi yo en mis brazos, y le dije:


Me llaman los que pasan.

Sus ojos empañados me separaban de su alma

como el cristal con lluvia me separaba de la calle.

Me dijo lentamente:

— No te vayas.

Y se hizo más menuda entre mis brazos

y me ofreció su boca palpitante

y sentí junto a mí temblorosos sus senos.

Yo escuchaba chapotear en el barro los pies descalzos

y presentía los rostros anochecidos de hambre.

Mi corazón fue un péndulo entre ella y la calle

y no sé con qué fuerza me libré de sus ojos,

me zafé de sus brazos.

Ella quedó nublando de lágrimas su angustia tras de la lluvia y el cristal,

pero incapaz de gritarme:

— Espérame, yo me marcho contigo."

Miguel Otero Silva.


Ya casi la recito de memoria...

miércoles, 10 de junio de 2015

Ninguno

Plaza del Conde del Valle de Suchil.
Jamás voy a recordar ese nombre. Es como el significado de la palabra pusilánime, que lo tengo que buscar cada poco en el diccionario.
Pero sí recuerdo los bancos. Donde escribí y desescribí Última Canción. He limpiado el primero a patadas y me he tumbado. Sigue siendo el mejor lugar para contemplar una farola siendo tapada por las ramas de un árbol. Llovía y me he mojado. Tanta humedad me hacía sentir más cerca de la fuente de lo que en realidad estaba.
Esta vez la piedra no me ha dado ningún consejo. No le he preguntado nada, supongo, tampoco estaba como para preguntar.
Odio este intercambio de palomas. Cuando por fin tengo buenas noticias me llega este machetazo.

Ojalá esto fuera medio normal. Bueno, un poco normal. Una pizca de normal. Una persona más de normal. Que en el banco de en frente hubiera cualquier persona conocedora de constelaciones, escuchadora de conversaciones ajenas, improvisadora de planes, viajera... mojada bajo la lluvia por la noche sin más compañía que tres libros y algo de estereofonía.

Blues my naughty sweetie gives to me

"non so più quel che dico,
e quel che faccio!"