martes, 15 de septiembre de 2015

Licencia desnuda

***


Se levantó Mara con una sola idea en la cabeza, y no habría de descansar hasta que no aglutinase todos los recuerdos de aquel lugar que flotaban a la deriva dentro de sí misma. "Aquel lugar", que ya casi consideraba uno de sus hogares, y que discurría para ella un kilometrado absurdamente grueso y dos años de esos que no se olvidan. Chamberí, que es tantas cosas, y tan mágico cuando estás con quien tienes que estar.
   Mara cazó en primer lugar el recuerdo de un abrazo que quedaba lejos del barrio, pero un abrazo que ilustraba sin duda el principio de Una Historia de Dos, la receta principal de su ideario con antecedentes brumosos de alcohol, besos y coqueteo. Lo sintió casi tan nítido como las réplicas de un terremoto, y más ahora que en ese mismo punto estratégico del universo había recibido un segundo abrazo de la misma persona, como si el cariño que se profesaban quisiera también acotar los recuerdos y guardarlos en algún sobre, dentro de alguna caja, dentro de algún cajón. «Las figuras de Morelli», no pudo evitar decir dentro de sí. Y, quizá demasiado pronto para ella, con cada réplica se fue formando de humo un nombre en su cabeza, el nombre. «Deja que te enseñe a servir la cerveza» A «¿Te sales a fumar conmigo?» L «¿Vendrías al cine el miércoles?» E «Podríamos ir a tu casa esta noche» X. No pasa nada, no era nada malo. Respiró con el diafragma y escuchó el murmullo de Alex en su cabeza, sin retenerlo, sin juzgarlo, dejándolo fluir como se había obligado a aprender. Así empezó, así empezaron.
   Prosiguió, decidida, y se reencontró con aquella manía suya de otorgarle nombre a las cosas, lo tuvieran o no, fuesen inanimadas o también personas. Un colchón afortunado pasó de la noche a la mañana a llamarse Pandora, a ser la caja rellena de muelles que sostendría dos cuerpos tan diferentes durante tantos fríos días y calurosas noches. No querían salir de allí, y se contentaban con sacar a pasear sus miradas a través de la ventana de la mano de un cigarrillo de liar. Allí comían verduras o cenaban arroz, casi siempre arroz, y hacían huelgas de amor durante horas infinitas, descansando a veces para jugar a inventar a Julio y a Merche, la pareja de viejos entrañables que ellos bien podrían haber llegado a ser si las cosas hubiesen sido. Se bajaban del mundo que giraba tan rápido y tan mal y se subían uno encima de la otra, o viceversa, de manera que la señora anciana que regaba los geranios de su ventana despreocupadamente, y que tantas veces los vio desnudos, fue nombrada Begoña porque no podía ser de otra manera. Begoña, la que tenía problemas para abrir la pesada puerta de su casa. El simpático tabernero de Bilbao dejaba de ser Alfonso cuando iban a visitarle y se convertía en Jacinto, el señor autor del vino dulce con canela a seis euros el litro. «Ah... la fidelidad» les decía, y de forma muy sabia. No muy lejos de esta parte se le entremezclan a Mara en sus recuerdos los restos de un miedo que se iba resquebrajando beso a beso, seducido del todo por un te quiero pronunciado una grisácea tarde de abril en la boca del metro de Canal, y sustituido al final por la sonrisa de Alex que solo Mara sabía provocar, y todo esto tiznado de un cierto aroma a frutos rojos.
   Era ya de noche cuando Mara pasó por otra noche de la que prometió no hablar hace mucho tiempo. La mudanza, temida, tan maldita como necesaria, que a la hora de la verdad no sirvió sino para sumar una nueva colección de calles, habitaciones y color verde a su corazón. Ahora, esa fuerza centrífuga que siempre los había llevado a buscarse con los ojos cerrados, acabó por situar a ambos a menos de doscientos metros físicos. Un puñetero semáforo, pero muy puñetero, no podía separarlos, y solo un par de minutos bastaban para que ellos también fuesen un par, y así sucedía que era fácil que se visitasen a deshoras, cuando hasta las mismas puertas ya dormían y fueran un poco más el uno del otro. Era sin duda la mejor época de su vida, donde los más grandes problemas se reducían a llamar a Alex para que viniese a matar a la araña más monstruosa del universo y se quedase a dormir por aquello de montar guardia. Y vio Mara las rayuelas a pie de calle, la Fuencarral llena de niños y teatros los domingos, y Olavide, la mágica plaza donde anteriormente habían ido a parar en algunas ocasiones de puro azar, y que ahora era casi una parte de sí misma, como un gran añadido de su pequeña habitación. Acostumbraban a ir al cine con los viejitos del barrio, que se molestaban cuando Alex se comía las palomitas de forma tan ruidosa o cuando se reía de sus payasadas glíglicas, que ignoraban que Mara lloraba por lo bajín en casi todas las películas tristes y que por último se sumaban a ellos en la emisión de un sonoro aplauso final, concediéndoles en el acto un gramo de la solemnidad de la que solo gozan las personas de principios del siglo pasado. Consistió la nueva habitación de Mara en unas camas sin nombre y un espejo donde se veían amarse, y no bastaba para llenar aquel espacio, y empezaron a divertirse con la música y la tenue luz de una única vela aromática, mientras se iban introduciendo un poco más en ellos mismos, y jugaban en el suelo a reírse con un gato y un perro que también tomaban parte de aquella extraña vida.
   Pero es la extraña vida eso donde al final solo importan las causas finales, la muerte la que dignifica, final por excelencia de las cosas que existen y de las que no, la puerta de la calle. Para su pesar, Mara estaba descubriendo que las cosas que no existen al final van a parar donde las que sí: a ningún lugar. Ella no es idiota, no, al menos en el sentido estricto del término, así que ya casi había reunido los retazos que quería coleccionar. Casi. Pero.

El extrañamiento de no tener esa foto en esa mesita porque, al fin y al cabo, estaba aquí antes que ella. ¿Dónde está esa ropa antes tirada en el suelo de cualquier forma? Que todas esas cosas se han ido. Están en cajones de madera a miles de segundos de distancia. Es la ausencia en estado puro, que la adolece cada tramo de pintura de la pared, y ya apenas quedan pelos rojos debajo de la cama... la cama en la que se sugieren formas de abrazos y sueños en las sábanas de siempre, sombras de una película antigua. Recuerda el caso de otras dos habitaciones que han pasado por lo mismo: todas se quedan tristes y vacías, tan solo manchadas de por vida por su apabullante presencia temporal. Él no sabe lo que está haciendo, dudo que se haya a parado a pensar en los espacios que deja sin luz cada vez que cambia de vida, en el gris y en el vacío. El aire se vuelve más pesado y la habitación pide un poco más de él a gritos, quiere nuevas risas, jadeos y llantos. Ilusa, tonta, cien veces imbécil. Pero no juzga, lo observa todo humildemente, percibe esa tristeza fría, sublimada hasta el líquido, y se mueve como puede en uno de esos puntos muertos que él ha creado por toda la habitación. Reflexiona acerca de, piensa mucho en, siente que, se pregunta si, lee que, escribe, y punto y seguido. Quizá una nueva foto, unas nuevas manchas en la pared... o quizá la erradicación total de presencia alguna, buscando el reinicio de la vida entre esas cuatro paredes y el casi siempre olvidado techo. Lo más sensato parece el no, para qué, si el tiempo pasa más despacio con el . Y algo le dice que debe de estar muy mal si de verdad desprecia las oportunidades de que el tiempo se ralentice. Es el contraste lo que le mata, el frío de la habitación y el calor de la cabeza, que sigue igual de amueblada que el primer día.
   Allí dentro sigue su foto, sigue su ropa, sigue su pelo, siguen sus rituales, sus ojos y su forma de hablar(le). Lo mejor será que se meta en la cama e intente soñar cosas bonitas, ¿no?


***


Está Mara desnuda, y se siente poeta.

Se acerca a la pared que tiene empapelada con sus mantras.

Sabe muy bien quien es.

Nunca se ha rendido, siempre es constante.

Arranca uno de los papeles y lo besa antes de depositarlo en su lugar.


Magallanes, 16.


Y se acordó Mara del veinte, y quiso con todas sus fuerzas que aquel fuera el último dolor que él le causaba y estos los últimos versos que ella le escribía. Estaba desnuda y se sentía poeta.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Prospecto

Un buen día me da por tratar de ponerle nombre a esto, como si la solución a todos mis problemas fuera una etiqueta mágica, flamante, que abarque todos los hechos y los deshechos de ciento veinte días de soledad camuflando su negrura intrínseca bajo cierta belleza estética. Reptando cuesta arriba por los acontecimientos llego en último término a una especie de apocalipsis de treinta y dos minutos en el que forzosamente he de detenerme. Como todas las grandes catástrofes que se anuncian de manera natural, es en este momento primigenio donde identifico señales tan anticipatorias como inequívocas de un primer sismo mortal (y la infinita resaca instalada desde entonces), a saber, la confusión tourettiana de los vocablos monosílabos conocidos mayormente como "sí" y "no". Las consecuencias fatales han sido tratadas hasta la saciedad y sometidas al máximo escrutinio sin llegar a conclusión concreta alguna que socave la idea general de la futilidad de cualquier tipo de acercamiento agencial al respecto, es decir, que desde aquel momento en el que, según la teoría de los multiversos alternos, he cambiado el sí por el no, y solo posteriormente el no por el sí, me hallo casi por completo sometido a la ley del azar y a la voluntad externa. Esto se ha venido sucediendo regularmente y con ello aumentando la complejidad sistémica a medida que optaba por el no cuando en realidad quería el sí, y más tarde cuando sucedía a la inversa. Llegados a este punto no exagero cuando digo que en pleno uso de mis facultades soy incapaz de decir que sí, humanamente hablando, por miedo al desconocimiento que me domina del genuino productor de la afirmación. ¿Se trata de mí, de ellos, o de ella? Cuando se crea esta situación que tan profundamente desprecio actúo, como tan lógico me pareció en su momento, desde mis facultades ya no tan plenas; pero lejos de acercarme al estado anterior de armonía sí-sí no-no, destruyo la segunda relación, perdiendo la capacidad de emitir un no, que viene a ser sustituido por el amigo sí. De esta forma sigo dirimiendo sin querer lo que anteriormente hubo, perdiéndome en un entramado arterial de nuevas y viejas soledades y preguntándome a donde van a parar las cosas que no existen. A grosso modo, este es el relato técnico de la tragedia que me acontece, tras cuyo análisis percibo lo que parece ser la génesis de unos nuevos sí y no. Estas distintas y peores formas de expresión de la conformidad y la disconformidad, provienen, en principio, del registro temporal de las decisiones y los actos. A este negativo bruto se le aplica un tempo con las manos, siempre con las manos, y después se lee el sí o el no final y meramente subjetivo. Curiosamente el resultado es mucho más favorable a mi verdadero parecer, asemejándose a la realidad previa a aquellos treinta y dos de coda, realidad que sin duda es mi auténtica arteria madre y por la que yo debería circular.
    Quiero hacer entender con todo esto que: antes, ahora, aún, todavía, tarde, luego, después y toda esa retahíla de adverbios de tiempo son los que experimento y que atestiguan que sí, que después de todo y con mayores motivos sigo como el primer día, enajenado de su imagen idealizada y a causa de otras cosas que no existen. Me pongo a temblar si pienso sin escribir y me muerdo labios, uñas y orgullo si la veo detenida y bella, como el instante, y cada minuto de su presencia real equivale a un mes de agonía mesmerizada. Sirvan estos párrafos para contestar a una pregunta que no se me ha hecho con un sí, tan real y auténtico, estoy puramente convencido de ello, como falso y efímero fue el último sí importante que me atreví a formular.
    Es tan cierto esto como el saber que mientras yo la pienso y la escribo ella me piensa y me lee, quizá anticipándose a todo esto desde su lejano universo arterial. Contamos, pues, con un nexo del todo irracional, fuente de dolor en forma de alegría inversa y por seguro mutuo y compartido, oscilante y de intensidad variable. Esta es en realidad la nota disonante, la causa de la inespecificidad vital que me corroe. La empresa ha resultado ser imposible, en todos los sentidos, no obstante odio reconocer que no puedo amar más el complejo resultado relativo y carente de denominación que está acabando conmigo.
     Ay.

sábado, 29 de agosto de 2015

No me seas el sí pero no porque ya estoy harto de vicisitudes, y si dices que estoy enfermo de nostalgia tanto peor, pues es la enfermedad que más dura y la que menos mata. Sal de mi vida porque eres la sal de mi vida, y tu imagen, oh tu imagen, que hace que sienta pinchazos por dentro como si me puntearan el pecho con una máquina de coser botones, que no cambia por mucho que cambies, que no se estropea con las lágrimas ni se crece con las sonrisas. Ella es la puta culpable de todo, de mi enajenación y de tu mermamiento, de que seas los restos cerosos de una vela y yo la ceniza de una antorcha. Harto de ojos, estoy, porque no entiendo como sin ellos puedes seguir teniendo una piel tan tersa que ridiculice al resto del género femenino, y si te desmenuzo como lo hago no acabo de terminar una hoja y ya estoy empezando una segunda para hablar quizá del dedo que sigue a tu pequeño meñique. Que eres huracán, mon Dieu, el claro en el bosque, y tu iconografía infinita se expande como tus cabellos por el mundo e inevitablemente acaba rozándome algo que activa mi memoria táctil y otra vez tú, imaginada o imagen, te eriges como puedes delante de mi vida cuando de hecho yo temía que siguieras detrás, y vuelta a empezar. Pasarán los años y serás otra más de las que nunca fueron otra más, en mi relicario polvoriento estarás agazapada y menuda como he de confesar que me rompería verte de tanto que me gustaría tenerte así, pero cerca, y abrazaré por detrás a un recuerdo que quizá proyecte en la pared la película de ojos marrones que tan aprendida me tengo. Y serán todo desconchados y melancolía que habrá que sepultar a fuerza de vivir y narrar, porque nadie permite que yo sea en ese mundo descriptivo, por muy rayano que esté con la acción; eso si no es la auténtica acción misma y todo lo demás un falso techo, una acumulación de retórica inversa que vuelve sobre sí misma para dar la impresión de que la auténtica vida es el vivir y no el recuerdo. Qué actos tendré que emprender para continuar, para no aferrarme al último borde de tu imagen, y cómo serán, si naturalmente indeterminados y azarosos como la vida misma o predefenidos y repensados hasta la saciedad para autoconvencerme de que, efectivamente, son los movimientos a realizar para rehabilitarse de la escisión, por muy mecánicos que sean. No lo sé, no lo sé, no sé nada.


viernes, 28 de agosto de 2015

Breves instrucciones para follar

Ven, que si vienes voy a acariciarte el bolsillo, a respirar de tu pelo y pastar en tu pecho. Chocaré mi nariz con la tuya, y serás reina y yo seré rey al menos hasta que nos separemos, como se separan las tostadas calientes de las resistencias del tostador o las pegatinas húmedas de los botellines de cerveza. No será hasta que tú me lo ordenes que yo salga de ti solo para caer en tus brazos desde los míos, y así sudaremos un rato, hasta que se haga obvio que es necesario encender un cigarrillo y lleguen las observaciones sobre lo revuelto que tenemos el cabello o lo raro que se hace el mundo cuando estás desnudo y mojado. E imagina que de nuevo resurje el impulso y tenemos que volver a tumbarnos y empezar desde cero por segunda vez, que multiplicativamente hablando sigue siendo un cero en toda regla. Qué más da que haya sol o estrellas allá arriba mientras siga habiendo blando aquí abajo, y acabaré mirándote con estos ojos porque querré escribirte más tarde para que quieras volver y crear nuevos microcosmos, quizá en silencio, o con swing, sentados o de pie, en mil horas mal iguales y bien distintas. Di tú que sonríes, y llenamos la habitación de jadeos y suspiros que se funden con el humo y la humedad, que haya que abrir las ventanas para que el viento gélido se lleve un pedazo de esa mezcla y se pose sin consentimiento en nuestra ardiente piel. Por favor, ordénalo todo de tal manera que puedas quedarte a dormir después y yo te dormiré para despertar juntos, como si el hipnos lo fuera menos si eres presa de mis brazos y el sexo un poco más si eres lo primero que veo al despertar. Llora o sonríe en algún momento, en un punto cualquiera de la línea que trazo por tu espalda buscando tus cosquillas, contágiame para que se me olvide que estoy solo, probablemente más que tú, y dime de ti lo que nunca haya oído de nadie, que si tienes secretos será más fácil que te recuerde.

martes, 11 de agosto de 2015

Definición literal aliterada

Qué simple soy, que sucumbo a los eslabones causales del tipo objeto-recuerdo-tristeza-llanto. Una cadena lineal en la que el papel de objeto lo puede jugar un artefacto propiamente dicho, una representación bidimensional, por ejemplo en papel o papel fotográfico, de un tiempo pasado. Pero también un lugar, un espacio cuadrangular con dos camas donde una persona va a dormir y la otra va a quedarse hasta que la primera duerma, por puro placer. Pero también una fecha, un momento, que trescientos sesenta y cinco días más tarde ha cambiado radicalmente hasta el punto de volverse etéreo y casi místico, de fijar un antes y un después en todo tipo de comparación al respecto. No soy mucho más que la nostalgia que se acumula junto a las palabras que tanto tiempo llevan sin usarse, como "pequeña" o "moflete"; o el cuerpo que busca a tu cuerpo en la misma cama para protegerte de la noche. Soy tan poco como un tirón muscular en el momento menos oportuno. Alguien que de vez en cuando pone sus ojos en los conductores del metro, o en los túneles, o sus dientes en tu labio inferior, o su lengua en tu labio más inferior todavía. Soy libre, soy libros, y soy nueve casillas de la tierra al cielo, soy un té earl grey y me ilusiono como un niño cuando nieva de forma inesperada en un viaje. Soy amor por el mar, soy barcos, soy EL barco. Algo así como gritos, lágrimas, y susurros en el baño. Soy toda una gastronomía andante. Lloro cuando tú, pero siempre sin que te des cuenta, y maldigo a quien te hace daño. Hago cartas de papel y papeles de carta. Soy molesto porque me cuesta dejar de reírme de todo o de cantar en público, para hacer más llevadera la aburrida vida cotidiana, también por eso de quejarme de todo o caminar kilómetros de madrugada. Dicen que yo soy yo, que no aparento. Un curioso caso, porque en lo importante soy un desastre y en lo nimio extremadamente preocupado, pero son los demás quienes están mal, porque todos sabemos ser profundos en las cosas profundas pero muy pocos somos capaces de serlo con las mundanas. Soy quien se encuentra un pelo escarlata en el cabecero de su cama y lo mira ensimismado, uno, dos, tres minutos.
Gracias por hacerme ser así.


domingo, 2 de agosto de 2015

EO

Ya viene, o mejor dicho, está viniendo. Hay mucha gente que no es capaz de notarlo, y otros que sí podemos. Empieza con un escalofrío que me recorre todo el espinazo, los brazos se me entumecen atravesados por un calambre... pero sobre todo lo que viene es nada, un vacío, como un agujerito por el que se va perdiendo todo en un goteo leve pero constante. Es una sangría de memorias, sensaciones, del amor y sus trozos de lana vieja. Una regresión a una etapa previa, una metamorfosis a la inversa en la que no todo se pierde. Hay elementos que ya no se pueden arrancar: son esos parches y nuevas costuras que se han adherido a nuestro ser y no tienen nada que ver con ningún otro. Aquí radica mi principal fuerza, pues solo se trata de la optimización de recursos, de una corriente resacosa entre lo que soy y lo que quiero llegar a ser contra la que tengo que luchar cada vez que despierto del sueño. Prefiero ser consciente del proceso, que se parece demasiado a la escultura de una nueva forma, y dar los retoques finales de la manera que a mí más me guste. Es el mejor momento para dejarse llevar por el azar, cuando mejor sabe cualquier pequeño suceso que previamente no encajaba en los esquemas. Así se crece, para bien o para mal, pero sobre todo para ninguna concreción. Cuesta ser partícipe del proceso hasta el punto de controlarlo, pero se tiene tanta voz como para gritar las instrucciones generales y que sea lo que tenga que ser. En realidad es lo mejor de todo esto, la indeterminación, y la diferencia entre quien acepta las casualidades o las niega, entre quien tiene la ambición de crecer y quien no. Qué sabia es la vida, que cuando no se quiere bien a la gente que nos rodea, hace que se alejen, solo para caer en los brazos de quien sí está dispuesto  a hacerlo. Hay mucha gente que no es capaz de notarlo, y otros que sí podemos. Ya viene, o mejor dicho, está viniendo.

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Cuartilla sobre el olvido, para leer de arriba a abajo o de abajo a arriba.

viernes, 31 de julio de 2015

Perspectivas de pasado

¡Qué curioso! Que el día que conocí a Noche ya me estaba diciendo «no te vayas». La miré fijamente, dejando que mi verde calara en su castaño, como si quisiera devolverle sus palabras impregnándolas de un significado totalmente distinto, tan cargado de emoción que lo extraño fue que no la fulminase allí mismo. Allí mismo, tan cerca y tan lejos del hogar. Me habían pasado tantas cosas entre aquellos árboles que había renunciado a cualquier acción volitiva en busca de novedad alguna, pero mi vida es así. El día que entienda por qué me sigo moviendo con tanto brío...
Y sin embargo allí estábamos. Casi me sentía como en Suchil, Olavide, o cualquier otro lugar favorito, y es que cada vez estoy más seguro de que se está en personas y no en lugares. Un trozo de piedra que sostiene un banco metálico, que no valdría ni medio pelo si no fuera por las hordas de posaderas que descansan allí día y noche. Y eso que hay muchas personas que no podrían magificar ningún sitio, Noche y yo fuimos capaces. Nunca se sabe para quien se es transparente, así que horadé en su vida sin discreción alguna, mientras besaba al vidrio esperando que la botella pensase por mí. Vivan los idiotas. Y Noche deshiló allí mismo tres o cuatro ovillos de sí misma, como si fuera lo más natural del mundo. Me preguntó si pensaba que estaba loca, pero le respondí lo que a todos, que «no creo ni que los locos de verdad lo estén», por no alejarme de esa atmósfera sinsentido que tanto me gusta. Le debo tantísimo al azar... porque me niego a etiquetarlo de cualquier otra forma, si las cosas se pueden procesar a un nivel básico es una chorrada ir más allá. Quizá sea que yo no parto de un nivel básico de análisis, pero eso no viene al caso, baste la idea de que volví a pensar en el azar y en lo enamorado que estoy de lo raro, y es que siento cierto apego por las cosas rotas, extrañas, las circunstancias circunstanciales y las probabilidades que parten de un numerador muy pequeño y un denominador excesivamente grande. De todas formas, como me suele suceder, ya iba comprendiendo a Noche, y sabía que ella es así, que no es un privilegio escuchar como fue rota y reconstruida un par de veces por un par de decenas de manos. Y me pregunté como no había más oídos en su vida, dispuestos a escuchar sus palabras en repeat hasta que se aprendan de memoria, como se hace con las buenas canciones. No sé si sentirme alegre o triste porque tan poca gente seamos tan así.
Ella no lo sabe, pero le di mis ojos y eso es algo que no suelo regalar a la ligera. Después volví a casa, a deshoras, caminando en medio de la calle y cantando, viva la reputación...
Sigo escribiendo y tachando frases de la lista de cosas que tenía que hacer pero que no sabía que tenía que hacer hasta que las he hecho.
PD: Noche es de ojos grandes, marrones, negros. No podría ser de otra forma.

martes, 28 de julio de 2015

Noche

No sé si escribirte algo o si ya está todo escrito. Tallé en tu piel muchas palabras a base de mordiscos y besos, bajo el ritmo de tu risa recurrente. Garabateé con mis ojos en tu cuerpo mil formas y letras, y hundí mis uñas en tu espalda para hacer las tildes. Buscaba llegar tan lejos como pudiera, que me leyeras en todo momento. A veces es mejor así, que esas horas queden escritas en nosotros y no en una hoja de papel. Volví a ver esa sonrisa que solo yo veo.


Anoche tú y yo jugamos,
a ese juego en el que tú,
siempre sales vencedora,
me enseñaste mil sonrisas, 
bajo un techo de estrellas, 
el de tu habitación....

lunes, 27 de julio de 2015

Espinas

Soy como un gato que intenta cazar moscas, salto, araño y persigo esos ojos negros. En una vida como si, como si, como si, los ojos se mueven y se cambian de cara, pero siempre son negros y grandes. Busco mi homónimo; marrón y verde, quizá tan solo quiera ser un árbol. Me cuesta dejar de pensar en la dualidad pero me obligo a hacerlo dejando fuera las dicotomías. Aunque los ojos sean los mismos, los labios van cambiando. Quiero probarlos todos.
Han pasado dos años. Cuatro años. Ocho años...
Y seguimos jugando al juego de miradas. Siempre que los tenga cerca, voy a perseguir tus ojos. Casi siempre que se crucen nuestras miradas, haré como que no te he visto. Será para casi siempre. Solo tú sabes jugar a esto, y me cuesta recordar quien empezó. 

miércoles, 22 de julio de 2015

Pandora

Mierda, hace frío, cierra la ventana. No puedo decirle eso, es tan de sentido común que me asusta. Además que ni lo pienso de verdad. Me gusta mucho verla sentada en la cama, desnuda, fumando, mirando a través de la ventana. Que ruidosa es fumando. Cada calada parece un suspiro al revés, y quizá lo sea. De vez en cuando comienza una frase con «¿Sabes?» y me cuenta algo que no sé con la entonación alterada por el humo, algo que tengo que intentar retener mientras disfruto de su imagen y del momento en mi retina. Ciertamente tenemos un cuadro. Yo tumbado, siento el viento de la noche, me revitaliza y hace que disfrute de este todo. Ella aferrándose a un pedazo de manta, que simboliza un poco el mundo real, mientras pierde su mirada en el exterior. No sé si mira al frío, pero mira a algo que no está presente, que no se puede mirar. Me voy a incorporar. A lo mejor si la abrazo por detrás hasta que nuestra piel se pegue, yo también lo veo. A lo mejor si fumo, yo también lo veo... A lo mejor si la hago sonreír, esto se repetirá todas las noches. Me da que hoy voy a dormir poco.

lunes, 6 de julio de 2015

Destiempo

Yo la perseguía por toda la ciudad. Empecé durmiendo en aquella cama acolchada y vieja, para días más tarde conocerla en el pasillo de aquel mismo extraño piso, en una alineación triangular extraña, de amistad, de vida y de muerte, que casualmente tuvo lugar en una intersección extraña de tres caminos donde yo elegí la (extrañísima, donde va a parar) puerta de la calle. Dormimos en la misma cama con meses de diferencia, y con vidas de diferencia. Yo y mi ineptitud de siempre, mi desesperado grito y los ansiosos chapoteos a oscuras, buscando agarrar un mundo con las manos que no terminaba de entender con la cabeza. Ella y su marea, su no saber estar, su búsqueda... ¿de qué? de la cama de al lado, de salidas por la puerta de atrás o la de delante. Dormimos también en camas distintas a la vez, con escasos metros de por medio, y mi persecución estaba ya en marcha. Y no lo sé ni a estas alturas pero me la encuentro y la busco sin saberlo, doy fe que es totalmente anoético, que la vida misma tiene una fuerza que a veces juega con nosotros. Y ella parece un fosfeno y no estoy seguro de si existe cuando se marcha tras la puerta o la ventana. Porque si las cortinas blancas la tapan y no la veo, ¿cómo estoy seguro de que realmente es? Si siempre me ha parecido tan de ensueño que me costaba creerla real cuando se resbalaba entre mis manos.
    "Todavía no me lo creo"
    Y la perseguía y la persigo, y arañé la superficie de su vida con extremo cuidado porque soy así y le gusté y yo no sabía que le gustaba, y probablemente ella tampoco. La gente nos delató. Quizá esos amigos nos abrieron un camino común, o fue el camino el que nos llevaba a andar entre la misma gente. Hablo de su microcosmos, y de como echo de menos su vida y no solo su persona. Yo inmerso en ese tipo de cosas, como si mi realización dependiese de repente de oler la almohada para encontrarme con su champú o de esperar nervioso fuera de la boca del metro. ¿Era fuera o era dentro? Eran las dos cosas, si no, no habría existido esa tendencia a acercarse el uno al otro, a olisquearnos como dos bichos raros en un cajita de zapatos. Empezaba a darme cuenta de muchas cosas que antes no percibía, no es como si hubiera tenido los ojos cerrados... es como si nunca hubiese sabido enfocar, o dirigir la mirada a lo verdaderamente importante. Cómo amaba su vida... Desde el extremo hasta el presente, acariciaba y observaba cada pedacito suyo con cautela, maravillado por la riqueza de matices y sorprendido por estar ahí, presente, de la mano, del oído, de la boca. Me duele el solo hecho de recordarlo, me duele su dolor y aún hoy... aún hoy la cogería, la mimaría, me enfrentaría a su mundo de su lado, desatendiendo por completo el mío. Por pura iniciativa, aunque ya no quedase nada mío en ella, porque es importante hasta un extremo que solo yo sé. Se volvió el bien más preciado que conozco, era un pájaro de cristal, frágil, que yo quería cada vez más pulido. Y yo era un niño que la seguía de cerca trastabillando, disfrutando cada vez que ella se posaba encima de mí.
    Y yo era un niño... que acertado. El principio del fin comenzaba a gestarse por aquella época, sin que la búsqueda mostrase señales de parar en algún momento, y todavía no las muestra. Juego con el concepto de amor, pero en realidad no lo veo nada claro. Incluso saliendo de mi boca o de mis manos no sé si alguien podría interpretarlo como yo lo siento, porque creo que habría que individualizarlo aún más, tiznarlo de eso que yo he sentido solo por ella y no sentiré por nadie porque nadie es ella. Ella está hecha de algo que a mí me gusta mucho, yo lo amo, pero acabo trascendiendo esa tendencia, olvidándome de diccionarios, de sentido común, de miles de años de verborrea cultural y buceando en su ser. A eso me refiero, a la sensación de plenitud de saberme dentro de ella, de reconocer que me pertenecen una serie de pensamientos y emociones que solo alberga y albergará por mí. Como pueden llamar a eso amor, en minúscula además. Cómo puede alguien imaginar lo que da de sí una mente tan enferma o sana como la mía en un tema tan ambiguo. Peco de alejarme demasiado de la norma, pero por nada del mundo quería ser topificado y en eso concentré todos mis esfuerzos.
    La complejidad es algo difícil de afrontar. El mejor consejo que te pueden dar es el de que no trates de no ser humano. Busca la humanidad en todo momento. Busca tu humanidad. No desesperes, no te dejes llevar por personas, actos, momentos... en definitiva órdenes externos. Cada uno tenemos millones de preguntas... pero también millones de respuestas a preguntas ajenas. Es cuestión de encontrar la combinación, lo que se reduce a buscar, y buscar es una actividad que depende por entero de uno mismo. No hay nada claro, no hay nada prefijado por antelación. La deducción es una patraña, toda la vida es una hipótesis a falsar. Cuánto más se ahonda más se vive. Más se sufre, más se disfruta, más se conoce, más se entiende. Y todas estas cosas las he aprendido en un intensivo de año y medio, casi sin querer. Abstrayendo de todo lo que el pajarito me contaba, de todo lo que había hecho y hacía. Yo practicaba la escucha activa con desastrosos resultados y solo el tiempo me ha hecho apreciar el buen sabor de todo esto. Como no me voy a sentir endeudado. Como no voy a querer regalarle mil vidas a base de caracteres, si es la única forma que se me ocurre de seguir haciéndole bien.
   Ay.

domingo, 21 de junio de 2015

Encrucijada

"Nos separaba de la calle el cristal empañado de lluvia.

Yo estaba lejos de mi hogar,

hoja caída en el remanso de su llanto.

Ella era menuda y tierna

y se hacía más menuda entre mis brazos,

y más tierna bajo mis ojos.

Entre nosotros y la calle,

la lluvia y el cristal de la ventana

eran dos abismos de plata.

La vida estaba allí naufragando en sus ojos,

la belleza dormía en sus senos perfumados,

la luz -toda la luz- se me daba en su boca,

la humanidad -mi humanidad- era ella.

Más allá del cristal,

más allá de la lluvia,

 pasaron.

Yo separé mis ojos de los ojos de ella para verlos pasar.

Marchaban chapoteando en el barro los pies descalzos,

desfilaban los rostros anochecidos de hambre,

y las manos encallecidas de miseria,

y las almas curvadas de injusticia,

y las voces amanecidas de odio.

Desfilaban los pies descalzos.

Iba la madre con el hijo al cuadril,

y el anciano rumoreando penas,

y el mozo flameando la bandera.

Iban de frente hacia la vida

armoniosamente rebeldes.

No sé si me lo gritaron ellos

o me lo grité yo mismo,

pero en las filas de los que pasaban

estaban mi puesto, mi bandera y mi grito.

El cristal empañado de lluvia

esfumaba los rasgos de la calle por donde pasaban los míos.

Volví los ojos hacia ella, que se hacía casi yo en mis brazos, y le dije:


Me llaman los que pasan.

Sus ojos empañados me separaban de su alma

como el cristal con lluvia me separaba de la calle.

Me dijo lentamente:

— No te vayas.

Y se hizo más menuda entre mis brazos

y me ofreció su boca palpitante

y sentí junto a mí temblorosos sus senos.

Yo escuchaba chapotear en el barro los pies descalzos

y presentía los rostros anochecidos de hambre.

Mi corazón fue un péndulo entre ella y la calle

y no sé con qué fuerza me libré de sus ojos,

me zafé de sus brazos.

Ella quedó nublando de lágrimas su angustia tras de la lluvia y el cristal,

pero incapaz de gritarme:

— Espérame, yo me marcho contigo."

Miguel Otero Silva.


Ya casi la recito de memoria...

miércoles, 10 de junio de 2015

Ninguno

Plaza del Conde del Valle de Suchil.
Jamás voy a recordar ese nombre. Es como el significado de la palabra pusilánime, que lo tengo que buscar cada poco en el diccionario.
Pero sí recuerdo los bancos. Donde escribí y desescribí Última Canción. He limpiado el primero a patadas y me he tumbado. Sigue siendo el mejor lugar para contemplar una farola siendo tapada por las ramas de un árbol. Llovía y me he mojado. Tanta humedad me hacía sentir más cerca de la fuente de lo que en realidad estaba.
Esta vez la piedra no me ha dado ningún consejo. No le he preguntado nada, supongo, tampoco estaba como para preguntar.
Odio este intercambio de palomas. Cuando por fin tengo buenas noticias me llega este machetazo.

Ojalá esto fuera medio normal. Bueno, un poco normal. Una pizca de normal. Una persona más de normal. Que en el banco de en frente hubiera cualquier persona conocedora de constelaciones, escuchadora de conversaciones ajenas, improvisadora de planes, viajera... mojada bajo la lluvia por la noche sin más compañía que tres libros y algo de estereofonía.

Blues my naughty sweetie gives to me

"non so più quel che dico,
e quel che faccio!"