domingo, 21 de enero de 2018

Invierno

Mi habitación te pide,
quiere beber de ti a gritos,
huye sin querer de tu pijama
que ya está lejos.

La luz que baña mis muebles
quiere proyectar tu sombra.
La música que rebota en las paredes
quiere que bailemos tumbados
o simplemente quiere ser,
porque se ha ido contigo,
porque ya no está.


jueves, 18 de enero de 2018

Bicho

Bicho, eres tan bicho... y disfruto pasando mi mano por tu brillante coraza moteada de blanco, o viéndote devorar las hojas y las plantitas con tu pequeña boca, hecha perfectamente para tal cometido. Bicho, y tengo miedo de que en cualquier momento te puedas marchar volando. En uno de tus mil intentos, escalar por fin hasta la yema de mi dedo, último destino, y desplegar ese vestido transparente que sobre todo se asemeja a estar desnuda y lanzarte de cara, buscando otras flores o simplemente queriendo ser una con el viento, para siempre. Bicho, y no te puedo cazar ni coleccionar, tan solo querer como se quiere rescatar un pedazo de sol en invierno, con toda la fuerza del deseo por las cosas pasajeras, tan necesarias como incontrolables. Siento que eres una oscilación en la luz, el reflejo inesperado de algo bello en el espejo, tan únicamente único como inalcanzable, inalterable, y cuando bailamos juntos es una experiencia ultrasensorial, una escalada vertiginosa en las antítesis que me son tan naturales pero que suenan a poesía cuando las escribo. Te paseas por mi mano o por mi pecho y yo me muero de ternura, me deshago en el aroma que liberas al estar conmigo. Tu proceder dulcemente mecánico te convierte en un ejemplar único, rebosante de colores, the dark side of the moon, así como la inconsciencia de tu afecto perfecto, la naturalidad en tus pequeños gestos de amor grande.
     Y, de momento, nada más que parar a tiempo o parar el tiempo. Que nunca se acabe esta avaricia entre tú y yo, que no pierda el sentido porque todavía no lo tiene. Una línea sin fin, paralela a todo lo paralelable, triangular e indeformable. La vida que censura a la propia vida, que se apropia del sentido de todo lo que todavía es solo para devolvérselo a una conciencia posterior cuando ya huele a muerto. Y casi me siento normal aceptando este axioma que con tanto gusto devora cualquiera, día tras día, cada ocho horas o con cada comida, siempre con un blister de repuesto en algún botiquín que yo no instalé en casa.
     Es así. Disfrutar con la adherencia de tus patitas a mi piel y el cosquilleo de tus antenas solo como preparación para el posterior acto absoluto y mágico del vuelo. Y, cuando te vea marchar lejos, haciendo lo que es más tuyo, tener plena conciencia de ti y amarte en ese último regalo de perfección, mirando para saber si miras. Bicho, eres mi bicho.

viernes, 12 de enero de 2018

Piel con piel


Miras, miras y ves algo que querías ver y sonríes. Sonríes y bajas la cabeza lentamente, hacia un lado. Te escondes un poco en ti misma y tu pelo hace de cortina. Entonces, con una intensidad distinta, vuelves a mirar. Y yo sonrío porque quiero recibir tu sonrisa. Me acerco gateando hasta ti, hasta tu escondite, tu guarida. Agacho la cabeza, como tú, y atravieso tu umbral despacito, como queriendo no hacer ruido. Poso mis labios en ti y a ciegas trato de orientarme, paseo acariciando tu piel suavemente, con la boca, buscando aquellos lugares que te puedan despertar otra sonrisa. Me enredo, nos enredamos. Te hablo en una lengua de amor que no conoces y tú sigues contestando a sonrisas. Alzamos algunos maullidos en la noche, gemidos que son ininteligibles pero que están cargados de significado. Y en esta prosodia me tranquiliza saber que a veces te pierdo, que no es perfecto. Te alejas, de espaldas, y yo vuelvo a salir de tu sitio a gatas. Y en la penumbra me doy la vuelta, me giro y miro, miro para saber si miras. Y miras.

lunes, 8 de enero de 2018

Entre todos los miedos, el que más miedo me da es el de quedarme sin palabras. Me da miedo que las gastemos todas. Me gustaría pasar todas las noches hablando contigo hasta que el día y el frío se fundan en la ventana, para que nos entendamos mejor y para que nunca lleguemos a entendernos. O salir corriendo al balcón y lanzar un grito primal que haga temblar nuestras lágrimas. O estar bien, o estar bien estando mal. Sé que algún día. Pero no, no quiero quedarme sin palabras. Porque no tengo más, porque tiran de mí y me hacen ser, porque sirven de pentagrama hasta tus ojos de redonda. Y a la vez solo son estorbo, perras negras que se escapan y se muerden entre nosotros. Necesito vivirte un poco más.

sábado, 6 de enero de 2018

Lágrimas de sueño

Nos vamos, zarpa el tren
de donde el hielo y el calor
de La Meca y de La Plaza.

Me voy de un lugar diferente
me voy de mi hogar
enésimo vuelo
del nido de mis padres.

Me voy sin alas, que se quedan,
salgo con la red a cazar estrellas.
Me voy dos pasos por detrás,
no sé adónde quiero llegar.

El tren se mueve como serpiente
y yo me caigo en cada muda
desaparezco en cada equipaje,
               cada letrero,
soy la conciencia del viaje
soy el sueño del pasajero.

Me voy desde los míos hasta los míos
a cuento cincuenta kilómetros por hora
                      pero sentado.

Me voy lleno de yo a perderme,
a vaciarme perdido en la muchedumbre.

Me quedo,
me quedo en el cristal empañado del coche
en la montura de las gafas de mi madre.
Me quedo en los abrazos de los que escapo.

Huyo, huyo de huir,
no me voy ni vengo de ninguna parte,
estoy en el destino que se mueve
como se mueven mis pies para encontrarte,
tengo por billete unos latidos
y por maleta ojos verdes.

Como un bostezo inusitado
sin principio ni final aparente
como si nada de esto hubiese pasado
se separan las hileras de mis dientes
se me funden los ojos cerrados
y...

viernes, 5 de enero de 2018

No miento si digo que me agobio al encontrar recuerdos, por transportarme al momento original y percibir el desfase temporal cada vez más amplio. Esto que ahora toco fue tocado por mí hace tres años, y por otras manos que en ese tiempo eran tan familiares como las mías. Es una emoción demasiado intensa, tanto que cierro los ojos y percibo el momento original y lo que ha diferido la línea espacio-temporal desde entonces y el corazón me empieza a latir más rápido y la cabeza se me disocia. Por eso no soy muy amigo de conservarlo todo para siempre. Por eso de vez en cuando fuego a los papeles. Si no desgarro todas estas cosas, empiezan a surgir los "por qué", "qué ha pasado", "cómo llegamos a esto" y un millar de interrogantes que se proponen hacer de puente entre la experiencia original y el artefacto entre mis manos. No, es mucho más sencillo. Formamos figuras abstractas, redes de puntos en un universo imaginado que se conectan arbitraria o predestinadamente. Quizá algo más complejo de lo que pensaba.
   Será que nunca he tenido demasiada dificultad para aceptar lo inaceptable, los giros del destino o las bromas macabras del azar. Soy buen amigo de la incertidumbre desde hace unos cuantos años. Prefiero tomar las cosas como vienen e intentar que se vayan como van. No tiene sentido apegarse a un papel, a una foto, a un objeto. Las auténticas permanencias son otra cosa: sensaciones, vínculos, personas. Hoy no me va a ganar la partida una servilleta de bar dibujada por uno de mis yoes o por quien sea, por mucho que la mano que le dio vida casi fuera mi mano. Incluso si la celulosa provenía de una fábrica en forma de árbol, que fue semilla, que fue tierra...
   Tengo mi respiración al alcance de la mano. Tengo un presente que se escapa y que quizá deje unos residuos que dentro de tres años serán recuerdos. Tengo otras muchas cosas que no quisiera tener y que a la vez tengo, pero tengo la capacidad de sentirme cómodo en la disonancia. Y quizá, algún día, tenga fuego cerca.

miércoles, 3 de enero de 2018

Me identifico verde
como la compañía misma
de las hojas y las copas
a los troncos de los árboles.
Como el fundido de unos iris
que recuerdan vagamente
al estanque de lágrimas no vertidas
que una vez llenaban la vida.

La libertad ha de ser verde.