miércoles, 25 de abril de 2018

Adoro tu forma de ser feliz cuando la gente te cuida con pequeños detalles, como cuando son amables y te sonríen, te regalan una galletita junto al café, te peinan el cabello o te ayudan a ponerte y quitarte la ropa. Esa es, de tus sensibilidades, mi favorita.

martes, 24 de abril de 2018

Otros lugares sagrados

Supongo que la vida es eso,
la destrucción de todos nuestros
                         alardes
al menos una vez por semana.
La regresión a un estado casi
uterino y lejos de todo
lo que tiene que ver con
               nosotros,

pero no siempre.

Para mí la verdad
más bien se haya
en tu tierra regada de fresas,
en mi cielo surcado de insectos
y en esos caminos que ascienden
como escaleras en un barrio pobre
desde una ciudad sin casas.

Mientras queden libros por abrir
-incluso en mis peores momentos-
se podrá hervir la noche
y tirar la ropa al suelo,
dejar entrar la luz de luna
y martillar con los dedos
para dejar la firme y dulce huella
de nuestras flores preferidas sobre
                        el cemento.

Se trata, sencillamente,
de recitarte esta verdad a medias
cada vez que abandone
la sala de tu espera.

O, podría decirse,
que aún quedan cien
idiomas por inventar
para cuando te cansas
de portar el lunar de tu cuello.

Desaceleramos suave,
                    con freno,
porque la marcha atrás resulta
una dirección imposible.

domingo, 22 de abril de 2018

La nueva visión del techo

Retorcido como una raíz
se despierta mi corazón cercenado
porque toca inventarse un mañana
lejos del natural impulso de huir.

Con los ojos llenos de pesadillas
y la piel que parece percutida
por algunas ramas podridas
salir reptando del agujero
solo porque no llueve
y solo porque no hay nadie.

Siento el miedo de quien
no puede hacer vida de la risa.
Siento los edificios
como grotescos pináculos
que desgarran el cielo.

Rodeado de esta manera
por los brazos de la nada
me entrego por completo
al carrusel de acontecimientos
que pretenden asemejarse a respirar.

Iría siendo la hora
de librar las batallas reales
porque es tiempo de color oro,
agua en la boca,

y sin embargo premedito
cada pisada y latido
como si estuvieran exiliados
de su tierra verdadera.

Volveré a ser yo, quizá,
después de alguna nueva derrota.

sábado, 21 de abril de 2018

Orientado (Suburbia)

Entrar a esta ciudad
a oscuras, por la puerta de atrás,
no se aleja demasiado
de volver desde las afueras
a Madrid en Búho.

Las luces,
la carretera y la autovía,
se generan en un hormigón
que se le parece demasiado
si no es el mismo.

Vuelvo de su hogar
como podría estar volviendo
de casa de algún otro en la periferia.

Siento esa sensación.

Siento un gramo de Madrid en vena.
Siento que no me he ido del todo.

A estas horas deben estar
llenándose los Bajos.
Con esta temperatura
Lavapiés ha de estar para bailar.

Pronto volverá a abrir
el maravilloso cine de la Bombilla
y yo ya no estaré allí
para dejarme mecer por la estaticidad
de la necesaria sesión doble
y las esperpénticas sillas de bar.

Madrid debe estar en estos momentos
convirtiéndose en esa inmensa terraza
                    gris y brillante,
el posavasos gigantesco
de todos los que la aman
y de todos los que la hemos perdido.

Siento algo muy parecido
atravesando en este NitBus
unos barrios que no son los míos
y desdoblan mi persona
como la primera noche en un apartamento
                             de verano,
cuando todo está templado y pegajoso,
y en la calle reina un silencio
tan solo roto por el motor de los aparatos
                                   de aire
y alguna cigarra extraña.

Esta sensación de extrañamiento
se habrá ido por la mañana.
Ya no me parecerán ajenos estos barrios,
que circularán lento bajo mis pies
que quisieran estar en un Búho
partiendo de Cibeles hacia alguna de
                          mis casas.

Estoy bebiendo vino
y volviendo a casa de noche
en dirección contraria a las farolas
para que esta bohemia injustamente familiar
se apiade un poco más de mí,
para que me regale algunos recuerdos,
un pasado
          feliz
como el que no ha sucedido en
ningún principio,
para que en el futuro amanecer de mis
                            ciudades,
sea la nostalgia que surja
tan insuperable como evidente.

Si despierta esta sensación más adelante
será porque debo de estar haciendo algo
                          muy parecido
a aquello que llaman vivir.


jueves, 19 de abril de 2018

Muchas veces me pregunto si Mara sabía algo de todo lo que se orquestaba a su alrededor, pero para ello tendría que saber yo al menos cómo era su núcleo, y de ella solo entendía pequeños retazos, fragmentos que dejaba caer con unos, con otros y conmigo. Mara era una persona a la que había visto tantas veces a lo largo de tantos años y sin embargo una persona prácticamente distinta cada vez, los mismos ojos, sí, pero distintas pieles. Siempre llegaba como exenta de pasado, mirando desde la lontananza casi con piedad y ternura, y yo tenía esa sensación de que mi vida estaba en sus manos, de que todo lo que había hecho hasta ahora había sido para llegar a ese momento y plantarme firme -más bien tembloroso- frente a ella, como queriendo descubrirle mi persona auténtica y desnuda. Yo era como una tierra plana y ella una luna de infinitas caras que solo enfocaba hacia mí la que dictaba su calendario.
   No sé si ella se entendía de esta misma manera, si se consideraba una insólita gema o cristal de numerosos lados, todos iguales en ser puro trampolín de la luz y a la vez todos inevitablemente distintos. Para mí sería demasiado triste, sobre todo porque es ingenuo pensar que esta sensación correspondía únicamente a nuestra relación, si es que se podía llamar así a pasar juntos un puñado de ratos desnudos en la cama y otro puñado vestidos en cualquier calle de Madrid. Si de algo estoy seguro es de que hubo otros ingenuos. Bastaba un mínimo de saber mirar para percibir esta sensación estando con ella, uno habría de ser muy tonto para no darse cuenta, y si uno era muy tonto, probablemente no estaría con Mara más de un par de horas (y eso que ella siempre fue incomprensiblemente benevolente con los tontos). No soporto imaginarla dándose cuenta de esto, sabiéndose tótem de mil piezas ante cada uno de los ingenuos que íbamos a que nos pasara revista.
     Supongo que ella no sabía nada. Creer que era capaz de intuir cómo se ordenaban las personas a su alrededor sería el colmo de lo ingenuo, sería ese último sacrificio personal para elevar a Mara a una categoría casi divina. Pero es tan fácil y reconfortante jugar con estas ideas ahora que ya no está. Bruno nunca nos dijo si mantuvo correspondencia con ella al volver de Barcelona. Era tan abierto en sus delirios que resultaba insultante que siempre se guardara de ocultar la información verdaderamente relevante. Ni una palabra más allá de la puñetera tasca del carrrer Bailén y del jodido Raval, entre tanta visita al Hospital y la pobre Carmen de por medio, claro que Carmen, Zebra, de pobre tenía poco. Puestos a hacer preguntas, me pregunto si Bruno sabía que Zebra y yo... pero no, eso es imposible. Una cosa es plantearse capacidades suprahumanas en una persona que es luna de mil caras y otra muy distinta darle credenciales a un loco. Porque Bruno era eso. No, no sabía, es imposible que supiese...
     Pero, ¿y Mara? ¿Sabría? ¿Sabría que años después Bruno se descompensaría a cada rato y Zebra vendría a mi casa, llorada la mayor parte de las veces, a hablarme sobre Ella, precisamente a mí? En el fondo pienso que esta duda no anida tanto en el juego, en la reconstitución literaria de su persona ahora que está muerta, sino en la necesidad que tengo de sentirme de nuevo bajo su punto de mira. Porque ella podría entender que, si años después Bruno ha vuelto a Madrid y está tan chalado por su culpa que pasa más tiempo dentro de un bote de pastillas en su mesita que en cualquier otra parte, es natural que Zebra y yo nos acostemos de vez en cuando. Le parecería prácticamente mágica la arquitectura de la situación. Necesito tanto hablarle de esto, «verás, esta Mara que tanto desespera a Zebra eres tu, este Bruno era tu Bruno, y ninguno de ellos sabe que tú y yo lo pasábamos tan bien en Madrid» y dibujarle esa sonrisa que solo le crecía cuando el mundo le parecía un poema retorcido como los de Aleixandre.
     A lo mejor soy yo el loco y lo que pasa es que tengo el frasco de pastillas abierto sobre la mesita y no me quiero meter dentro por miedo a dejar de estarlo. Meterme dentro, cerrar la tapa y se acabaría Mara de una vez por todas y para siempre. Mejor evitar. Mejor preguntarse qué habrá sido de Alex.

Respiro tu inspiración

-a Cèlia


Casi al arropo del sueño
fue como salir al balcón
a gritarles a todos
que deberían ser como tu rubor

cuando aparece sin ser llamado,
conocimiento o emoción,

y te abraza desde dentro
destapizando tu piel
de su color falso.

Tú siempre con tus maneras tristes de vencer
que no reparas en sangre y pecas
cuando te hablo de pigmento.

Salir y gritarles a todos que se vive así,

coloreando el cuerpo cuando la vida
te trata como si fueras lienzo.

miércoles, 18 de abril de 2018

La fuga

Y ante la firme desaparición
de su insistencia
encontró en el silencio
un potencial refugio
hecho de partículas de polen.

Ellos, que no habían callado
allí donde se cruzan los caminos
se descubrieron tibios
en una ciudad que a ratos duerme,
dónde el silencio y no hablar
eran casi la misma cosa.

Todo lo que jamás supo de ella
era ahora la inmediatez
y cualquier aventura más allá
de los límites de su recuerdo
se erigía como un futuro
que ninguno de los dos
había elegido.

Básicamente así
fueron pasando sus vidas