domingo, 18 de febrero de 2018

Claros

Cruzo el Barcelonés en tren, como tú sueles hacer, mirando por la ventana el día gris. Puentes, vías férreas, fábricas... todo a la izquierda. Al otro lado, se puede empezar a sugerir la línea de la playa que tanto amo y que tú haces bien en despreciar. Suena Bright Eyes e imagino que Conor Oberst te conoce y ha escrito todas estas canciones pensando en ti, no hay otra manera. Me gustaría tanto vivir esta música contigo o este trayecto en tren, y eso que no hace ni media hora que te decía fins ara en el andén. Eres curativa.
     Quiero besarte el alma. Dejar que mi saliva y mis labios cicatricen todas tus heridas abiertas, que seas siempre mi primer deseo al despertar y mi último anhelo antes de dormir. Escuchar todas tus historias para entenderte, para mojarme de ti y de tu forma de devorar la vida, recorrer cada uno de tus poros para comprobar que estén bien y, si no, arreglarlos con mi boca. Quiero que mis ojos te causen risa. Que cada una de mis miradas cargue hasta ti un poco de todo esto, y que me las devuelvas llenas de ti, como nuestra canica. Quiero serte lo que nadie ha sido, todas las excepciones, los quizases o los deseos de una fuerza nueva y desconocida. Quiero darme a ti, que cojas todo aquello que te haga bien, es para ti, es tuyo.
     Tú ya lo haces. No te das cuenta pero lo haces. Me miras y lo haces. Me escuchas, me hablas; y lo haces. Lo hiciste con tu cara guapa la primera vez que exististe para mí. Lo hiciste con las palabras que me has ido entregando a cuentagotas, en sobre cerrado, perfectas, brutas, mágicas. Ojalá vivas hoy todo aquello que te pueda hacer bien. Se acaba el trayecto, llego a Vilassar. Que esto se quede en borrador, para mí, y que por tanto también sea tuyo. Vuelves a ser lo que más me apetece del universo en este instante, bicho.

jueves, 15 de febrero de 2018

Ahora

Sigues siendo aquella niña imantada
de la fila izquierda de la clase,
aquella cuyos inmensos ojos llorosos
atraían la ingravidez de mi mirada
cada vez que mis pies me llevaban
a esa habitación que se fingía nuestra.

A pesar de haber hecho tu servicio de paz involuntario,
de ser misionero en los lugares más tiernos de ti,
todavía nos separa aquel pasillo que, entre aquellas filas,
decidió que tú y yo quisiéramos encontrarnos,
como dos orillas de un mismo río
que se cansan de mirarse siempre de frente.

No habrá fuerza capaz de unirnos
si tiene que vencer el imbatible deseo
de conocerte sobre esta tierra
al menos una vez por cada fase lunar,
si intenta luchar contra la singularidad
de la carga eléctrica de nuestros polos.

Quiero ser olvidadizo al recorrerte,
encontrarlo tormentoso, imposible,
como un animal básico y nómada
incapaz de aprender un camino,
orientado de tus afectos más primarios
y alguna imperceptible señal de tu aroma
               en el aire o en el cielo.

No quiero estar contigo
para no haber tenido ni tener
que estar sin ti.

martes, 13 de febrero de 2018

Funambulismo

Voy por casa y una congoja me coge por sorpresa, cabizbajo el pelo se me entremete en los ojos que comienzan a lacrimar, cerrados. Aprieto los labios y siento como un relámpago me recorre por toda la cara, me golpea el pecho, solo porque te pienso. Y es que joder.
     No estoy nada acostumbrado a estar en este lado. Cuando leo lo que escribes sobre mí o miro tus dibujos, me golpea de lleno la sensibilidad de tus labios, el tacto de tus manos, la belleza de tu pensamiento, y me siento el más afortunado ser del universo por ser, a veces, el blanco de todos estos dones tuyos que tanto estimo. Me aferro al marco de la puerta o a la pared, poso mi cabeza sobre mi brazo y no sé que hacer. Estoy al borde de un llanto desenfrenado que no sé cuanto tiempo lleva enquistado en mí y a la vez pleno de una felicidad rebosante, de un amor que chisporrotea como aspirina en el agua. Así me deshago yo, entre todo ese jaleo y chorro de burbujas blancas que golpean contra las paredes de cristal.
     Pienso en escribir un poema, o pienso en escribir un texto, pero a la hora de la verdad me recreo en mi sentimiento (más bien en el tuyo), porque me creo incapaz de hacerte justicia, de saber reflejar de qué manera me desbordas, me dejas tiritado y vaporoso, tan solo útil para ser arrastrado por el viento. Siento que me elevo, que estoy en otro plano, que toco un amalgama de emociones nuevo, cualitativamente diferente a todo lo anterior, tan enriquecido de matices que desgarrarse de felicidad y dolor a la vez es posible, tan lógico para mí y a la vez tan inexplicable. El siempre acechante miedo está tan exiliado que por el momento respiro y siento que el aire es auténtico, cargado de todos estos quarks, o feromonas, o quizá de otras cosas que no existen, que en definitiva empapan mi cerebro de ti. Sonrío, quizá no con la boca ni con la cabeza, pero sonrío.
     Tengo una deuda permanente con tu existencia y con cada una de las decisiones atribuibles a ti, a mí, a otros o al azar mismo, que permitieron a nuestros ojos cruzarse por primera vez en un momento tan oportuno. Ahora, por fin, que estoy sentado y llorando.

lunes, 12 de febrero de 2018

Antes

Una chispa de tu presencia
y basta para que mi día acabe como un videoclip.

Escribamos de cosas buenas.

Quiero conocerte un poco y seguir siendo yo.
Quiero acariciar el sonido de tu lengua
atrincherados bajo el nórdico.

Quiero que seas como seas
y ser yo como nunca he sido
para no dejarte marchar,
para no pedirte que te marches.

Quiero que cada tarde nos miremos a los ojos
con una sonrisa en la cara
dibujada cada mañana con un pincel infinito.

Quiero saber qué es lo que más te preocupa para quererlo.
Quiero que no te parezcas a ella,
aunque seas ella.

Quiero seguir jugando con tu mirada,
responder a tus silencios
y alguna vez hacer la música contigo.

Me gustaría tanto.

miércoles, 7 de febrero de 2018

Delirium

Buenas noches Benjamin. Despierto, despierto de un mal sueño. Lo sé porque hace calor. Me osculto un poco por encima y los resultados no me convencen. Salir de la cama: un trabajo hercúleo, ¿vestirse? Imposible. Despierto a la vez en Villaverde, entre gitanos, en Lavapiés, Puerta del Ángel, a l'esquerra y a la dreta. Me abruma, no puedo. Aprieto los párpados para intentar aplastar los recuerdos, como se aplastan los coches en los cementerios. Rezuman emoción, casi los huelo. Siempre despierto solo, rabioso, inmerso en una rutina que no parece mía pero que por lo visto es mi vida. «Hay resacas», me digo. «Resacas de personas».
     «Vamos, sal de la cama. Hazlo por ellos», y evoco sus caras. Antes siempre funcionaba, haciéndome funcionar por resorte. Ahora es más complicado. Siento otros tactos, el de personas por las que también he pasado -yo, ridículo-. Despierto en La Elipa, casa de Álvaro. Ojos rojos ardientes, apenas he dormido. Una fina cortina de lluvia cae a plomo sobre Madrid pero todavía se puede apreciar con claridad la torre de telecomunicaciones. No tengo nada y sin embargo nada deseo, soy burbuja, a punto de estallar pero burbuja.
(...)

Falso, no es real, stop. Recupero mi discurso, mi pensamiento, no es real. Estoy en Barcelona, en el metro. O en casa, sentado, escribiendo mientras los helicópteros peinan el cielo. Stop. Agarro un libro de Sábato o Aleixandre, Hesse, quién sea. Siento otras cosas, me estabilizo, desaparecen los recuerdos. Si fumara fumaría. Es algo más sencillo, lo reconozco, básico. Me quedo sin letras.

lunes, 5 de febrero de 2018

Nieve

"Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde,
comenzaré a ser feliz desde las tres".

Hoy vienes

y mi día es noche
hasta que estés aquí.

Serás prioridad absoluta en la agenda,
el evento del momento, pero privado.

Haremos un poco lo de siempre,
nos quitaremos y pondremos la ropa varias veces,
y sonreiremos cuando, con la última prenda,
se vayan también al suelo nuestras ganas de llorar.

Vienes a que te diga con el cuerpo
que a veces, para mí,
solo existes tú,
que soy el peor enemigo
de todo lo que te hace daño
       -lo que te causa miedo-.

Salgo momentáneamente
con tu sonrisa por la noche
a reflejar la luz del sol,
a guardar en secreto
el tiempo que pasas conmigo
         -que paso contigo-
o a recoger gota a gota
el sonido de la lluvia
para colgarlo en mi habitación,
esa que está sembrada de agujeros
como siempre que pasas por casa.

Mañana me voy con tu olor puesto.
El cuarto se queda a la vez lleno y vacío
de las cosas que siempre te traes del tuyo.

Mañana sigue lloviendo en Barcelona,
como hoy, como ayer,
como todos los días que son
antesala de tu ausencia.
Pero ayer, si queremos,
volverá a llover para nosotros.

Nunca será suficiente
la tregua que nos concede la vida
para devorarnos los ojos en la cama,
para acariciarnos las lenguas
y para reunir el valor de salir
a ese mundo extraño, lleno de charcos,
que no son los agujeros que sembramos
                     en mi habitación

cuando estamos juntos.

viernes, 2 de febrero de 2018

Eme

Mara remueve su café, ensimismada, mirando al fuego de la chimenea. Le brillan los ojos, en los que no se aprecia ninguna señal de parpadeo. Un olor con peso propio está suspendido por toda la taberna. No hay humo y aún así todo está oscuro, herrumbroso. A Mara le encanta este sitio. Da un sorbito de café, el aroma penetra en su nariz y, como combustible, reaviva sus pensamientos. ¿Cuánto hace que no se encuentra con Uli? Concluye que quizá unos dos años. Sí, es posible que la última vez fuera en aquel billar irlandés cerca de Moncloa. Baja la taza de café, alza las cejas y vuelve a mirar las llamas, que crepitan con sutileza. No sabe qué va a contarle a Ulises, pero sabe que no le contará lo importante y, de hecho, nunca lo hizo. Ulises se enteraría mucho más tarde, cuando la vida de Mara se repartía entre su casa, el 12 de Octubre y el Niño Jesús.
     El corazón se le encoje un poco dentro del pecho. Últimamente ha sentido tantas veces esa sensación que su corazón debe tener el tamaño de un guisante. La suave voz de Chet Baker resuena en su cabeza. Lleva toda la semana escuchando las mismas estrofas, sin pretenderlo. El jazz de Chet Baker está muy descafeinado, endulzado, enlechecido, es un jazz muy blanco, pero no por ello es menos jazz, piensa. Quizá demasiado puro en el blues, en la manera de rezumar la tristeza, pero le gusta, le gusta mucho.
     Peridda en estos pensamientos, con la taza de café en la boca, se la encuentra el rayo de luz que ahonda la atmósfera cuando Uli abre la puerta. Sus pupilas se empequeñecen mirando a contraluz, toda ella se empequeñece. La silueta de Ulises es inconfundible, insufla su corazón que adquiere el tamaño de un garbanzo. Solo una décima de segundo y ya le cuesta contener las lágrimas, pero sabe que para él también es lo mismo. Recuerda la carta que le entregó el último día, esa que siempre conserva pero que nunca lee porque le hiere en lo más hondo, le resquebraja los cimientos del mundo. El abrazo es intachable. Empieza a contar mentalmente, si dura más de ocho segundos estará bien, lo tiene claro. Quintuplican ese mínimo, sin decirse nada, no hace falta.
    Durante la conversación Mara se muestra preguntona, pero tiene la cabeza en otra parte. Sobre todo quiere saber sobre los padres de Uli, su hermano, su mejor amiga. Necesita saber que Uli los tiene, que contará con ellos cuando ella ya no esté, y así lo parece, le tranquiliza. Hablan y hablan, beben y beben, y a la vez tiene la sensación de que no hacen ni una cosa ni la otra. Sus ojos siguen buscando el fuego, jugando con ese calor que tanto necesita y que no sabe de donde sacar. Piensa en lanzarse a  las llamas, se imagina entre las brasas, pero rápidamente descarta la idea. Con su mala suerte seguro que ni arde. Evita como puede hablar de su vida ahora y de Barcelona. Siente que no la tiene, que no es suficiente, nunca lo es. Le cuenta a Uli las anécdotas sobre episodios bizarros y encuentros casuales que tanto le gustan y se siente un poco más ella misma, recuerdan la cerveza de Madrid y se tranquiliza. Ahora su corazón es una cereza.
     Un estremecimiento la sacude cuando aparece el nombre de Alex. Ella ha perdido prácticamente todo el contacto con la gente del Nervión, Ulises no. Él le cuenta algunas historias, por encima, y le da un breve reporte sobre el paradero de cada uno de ellos. Ni una pista de Alex, pero eso no le molesta, sabe que significa que él está bien. Ignora que meses más tarde, Alex desandará sus pasos, desde la Basílica de Santa María del Mar hasta el Cementerio de la Almudena, sembrando algunas lágrimas y recogiendo sus escritos.
     Están así toda la tarde. No hay billar pero pueden jugar al futbolín y a la diana. Compiten como si les fuera la vida en ello, eso no ha cambiado. Se ríen, se ríen mucho, pero se despiden con los ojos vidriosos, anegados en lágrimas que tienen el decoro de guardar para llorar cuando estén solos, como siempre. Aquel día consigue dormir bien. 
     La próxima vez que ve a Ulises todo está del revés, como el suero que gotea desde la vía intravenosa hasta su cuerpo.